Development

La liberación de la capacidad humana para el desarrollo social

La liberación de la capacidad humana para el desarrollo social

Para la 53ª sesión de la Comisión para el Desarrollo Social

New York—3 February 2015

En un momento en que los Estados Miembros no sólo reflexionan sobre el progreso alcanzado desde la Cumbre Mundial de Desarrollo Social de Copenhague de 1995, sino además establecen las bases para la siguiente agenda de desarrollo global, es más importante que nunca replantear el desarrollo social. Un aspecto clave en esto será reformular el rol que la capacidad humana juega en el mejoramiento de la sociedad. En muchas áreas son necesarias las reformas estructurales; pero son las personas quienes hacen cumplir las normas o bien las ignoran, quienes transforman los planes en acciones o bien titubean en los márgenes, quienes mantienen posiciones de autoridad o bien abusan de ellas. Así, la capacidad de las personas —individualmente o como miembros de comunidades e instituciones— de lograr algo que ellos colectivamente valoran es un medio indispensable de cumplir los objetivos centrales de la Comisión: erradicar la pobreza, promover el empleo pleno, y fomentar la integración social.

El aprecio por la dimensión humana no está para nada ausente del discurso contemporáneo. Por ejemplo, en su reciente informe sobre la agenda Post-2015, el Secretario General señala que los desafíos a los que se enfrenta la comunidad global “no son accidentes de la naturaleza, o resultados de fenómenos fuera de nuestro control. Son el resultado de acciones y omisiones de personas”. De manera similar, su informe acerca del tema prioritario de esta Comisión señala que “tanto en términos económicos como sociales, las políticas e inversiones más productivas fueron aquellas que empoderaron a las personas para maximizar sus capacidades, recursos y oportunidades”.

Sin embargo, cuando se consideran los medios de implementación, el informe dedica 31 párrafos al financiamiento y 9 a la tecnología, mientras otorga apenas 4 a la capacidad institucional, uno al voluntariado y uno a la cultura. Por supuesto, los recursos financieros y tecnológicos son claves para el desarrollo global; ambos deben ser generados mucho más vigorosamente y distribuidos de manera mucho más equitativa si ha de darse progreso. Pero demasiado a menudo el cambio se atribuye de manera casi exclusiva a instituciones y estructuras, limitando así el poder de acción de individuos y comunidades. Las personas están en el centro de la agenda, lo cual constituye una victoria significativa de la Cumbre Mundial, pero debe tenerse el cuidado de no tratar a las personas como objetos pasivos que necesitan ser desarrollados, en lugar de promotores activos de su desarrollo por derecho propio.

¿Cómo será promovido el bienestar humano en contextos sumamente variados en todo el planeta? ¿De qué manera se extenderán esfuerzos más allá de las capitales y los centros urbanos hasta alcanzar a las innumerables áreas rurales que albergan a casi la mitad de la población mundial? ¿Quién llevará a cabo este trabajo? ¿Cómo se dará apoyo a tales individuos? Los gobiernos nacionales tienen responsabilidades únicas en este trabajo, y las obligaciones y compromisos del actual orden global no pueden descuidarse con impunidad. Pero la acción gubernamental por sí misma no es suficiente. Tal como señalara el Secretario General en su informe, “Si hemos de tener éxito, la nueva agenda no puede circunscribirse al dominio exclusivo de instituciones y gobiernos. Debe ser abrazada por la gente”.

Para poder aprovechar de manera más efectiva el potencial constructivo de la humanidad, se debe cuestionar la noción de que las contribuciones significativas a la sociedad dependen del acceso a recursos financieros. En el pensamiento y discurso sobre el desarrollo, a menudo la riqueza material se equipara a la capacidad, explícita o implícitamente. Se asume que quienes poseen mayores recursos financieros poseen también otros recursos en general. Se les ve como el motor del desarrollo, la fuente del progreso, mientras el resto es relegado a cumplir funciones secundarias, cuando no excluidos por completo. Por supuesto, la pobreza extrema impone numerosas privaciones y limitaciones, y debe ser erradicada por razones tanto pragmáticas como morales. Sin embargo, la capacidad financiera y la capacidad humana necesaria para potenciar la transformación social constructiva no son sinónimas. Por ejemplo, no hay ninguna garantía de que quienes viven rodeados de lujo estén asumiendo algún rol activo en el mejoramiento de la humanidad. Por otro lado, los esfuerzos de quienes están materialmente empobrecidos por ayudar a sus comunidades ciertamente no carecen de importancia e impacto. En todos los niveles de riqueza, la capacidad humana no se define únicamente por el potencial de alcanzar metas, sino además por la voluntad de llevar a cabo las acciones necesarias. Así, el estimular la capacidad humana para el mejoramiento de la sociedad no tiene que ver únicamente con lo que las personas son capaces de hacer, sino además con lo que de hecho eligen hacer. Y ningún pueblo, cultura o grupo económico tiene el monopolio de elegir dedicar sus capacidades al bien común.

El informe del Secretario General sobre el tema de esta Comisión señala que 3,8 mil millones de personas, cerca del 53% de la población global actual, vive con menos de 4 dólares diarios. Si bien las mediciones de pobreza basadas en números de dólares son inherentemente problemáticas, se trata sin embargo de una realidad cuyas implicaciones no pueden ser ignoradas. Aquellos con medios materiales limitados sobrepasan con mucho a aquellos que viven en la abundancia, y no es posible seguir imaginando que un pequeño segmento de la humanidad será capaz por sí mismo de impulsar el desarrollo de todo el resto. En el momento actual del desarrollo de la comunidad global, tal proposición no es ni factible ni deseable. El talento agregado de varios miles de millones de individuos representa una reserva fenomenal —aun en términos puramente numéricos— de recursos para el cambio constructivo que hasta ahora ha sido prácticamente ignorada. De esta manera, los esfuerzos por replantear y fortalecer el desarrollo social en el mundo contemporáneo necesitan asegurar que las contribuciones de aquellos que tradicionalmente han sido tratados como receptores pasivos de ayuda sean integradas de manera significativa a los procesos globales de desarrollo.

Los esfuerzos con este enfoque serán centrales para la movilización de todos los recursos disponibles para el desarrollo global. Pero más allá de toda consideración práctica, la participación en el avance de la sociedad es además significativa en sí misma. Factores como el ofrecer un servicio tangible a los demás, trabajar en colaboración con otros por alcanzar metas nobles, o poner en práctica las capacidades personales en la búsqueda del bien común, son fuentes intrínsecas de bienestar y satisfacción humanas. Se trata de rasgos característicos del concepto de “desarrollo”, tanto individual como social, y no requieren justificación más allá de sí mismos. La formulación de metas para el avance de la civilización, y el hacer de esas metas una realidad, son tareas que finalmente han de ser acometidas no sólo en grupos de trabajo, comisiones y paneles de alto nivel, sino además en un creciente número de granjas y esquinas callejeras, consejos de aldea y encuentro barriales en todo el mundo. De esta manera la humanidad comenzará a asumir la responsabilidad de su destino colectivo.

 

Muchos de estos conceptos se implementan a nivel local, por lo que puede llegar a ser desafiante aplicarlos a los procesos intergubernamentales que la Comisión aborda. Por lo mismo, quisiéramos ofrecer algunas sugerencias para ser consideradas. De manera más específica, las metas de desarrollo deberían:

 

  • abordar los recursos humanos que se requieren para el progreso de la transformación global tan vigorosamente como los recursos financieros necesarios.

  • hacer de la construcción de capacidad para contribuir al progreso social un objetivo central al formular metas a nivel internacional, planificar intervenciones a nivel nacional, y monitorear el progreso en todos los niveles.

  • priorizar las participación universal en los esfuerzos locales de desarrollo, independientemente de categorías demográficas tales como género, edad, etnia y religión.

  • en las políticas y en los informes, conceder espacio suficiente para la construcción de capacidad y para los esfuerzos de empoderamiento por desarrollarse de manera orgánica y responder a las circunstancias locales.

Veinte años atrás, el desarrollo dio un gran paso adelante cuando la Cumbre Mundial dio un “rostro humano” a un discurso que previamente se había enfocado en el crecimiento económico y en los ajustes estructurales. El progreso en tal área continúa hoy, cuando los Estados Miembros se dedican a replantear y fortalecer el desarrollo social en el mundo contemporáneo. Las metas que se han considerado —aquellas delineadas primero en Copenhague y muchas otras que han sido propuestas en el proceso Post-2015— requerirán una movilización de recursos a escalas nunca antes intentadas. Estas metas requerirán además un entendimiento claro del tipo de recursos que permiten el progreso. La Comunidad Internacional Bahá’í espera que los conceptos abordados en este documento contribuyan a una exploración continua acerca cómo los talentos y capacidades de los pueblos del mundo constituyen medios críticos para tener éxito en este trabajo de vital importancia. En este sentido, acogemos todas las perspectivas sobre la base amplia del empuje de la capacidad humana como medios para el avance de la civilización.

 

Unlocking Human Capacity as a Driver of Social Development

Unlocking Human Capacity as a Driver of Social Development

A Statement of the Baha'i International Community On the 53rd Session of the Commission for Social Development

New York—3 February 2015

At a time when Member States are not only reflecting on progress made since the 1995 World Summit for Social Development in Copenhagen, but also laying the foundations for the next global development agenda, rethinking social development is more important than ever.  Critical in this regard will be reframing the role human capacity plays in the betterment of society. Structural reform is necessary in many areas. But it is people who enforce regulations or ignore them, who translate plans into action or hesitate on the sidelines, who uphold positions of authority or abuse them. The ability of people – individually and as members of communities and institutions – to achieve something they collectively value is therefore an indispensable means of meeting the Commission’s central objectives of eradicating poverty, promoting full employment and fostering social integration.

Appreciation for the human dimension is by no means absent from contemporary discourse. In his recent synthesis report on the Post-2015 agenda, for example, the Secretary General notes that the challenges facing the global community “are not accidents of nature or the results of phenomena beyond our control. They result from actions and omissions of people.” His report on the priority theme of this Commission similarly notes that “in both economic and social terms, the most productive policies and investments were those that empowered people to maximize their capacities, resources and opportunities.”

Yet when considering means of implementation, the synthesis report devotes 31 paragraphs to financing and nine to technology, while giving only four to institutional capacity and exactly one each to volunteerism and culture. Financial and technological resources will, of course, be critical to global development – both will need to be generated far more robustly and distributed far more equitably if progress is to advance. But all too often change is attributed almost exclusively to institutions and structures, thereby limiting the power and agency of individuals and communities. People are at the center of the agenda, and this is a major victory of the World Summit. But care should be taken lest people be treated primarily as passive objects to be developed, rather than as active developers in their own right.

How will human well-being be advanced in widely varying contexts around the globe? How will efforts extend beyond capitals and population centers, to reach the countless rural areas that host nearly half the global population? Who will do this work? How will these individuals be supported? National governments have unique responsibilities in this work, and the obligations and commitments of the current global order cannot be neglected with impunity. But governmental action alone is not sufficient. As the Secretary General noted in the synthesis report, “If we are to succeed, the new agenda cannot remain the exclusive domain of institutions and governments. It must be embraced by people.”

To more effectively harness the constructive potential of humanity, the notion that access to financial resources is required to make meaningful contributions to society must be challenged. Material wealth is often equated with capacity, either explicitly or implicitly, in development thought and discourse. Those with greater financial assets are presumed to have more resources in general. They are taken to be the engines of development, the source of progress, and the rest are relegated to secondary functions, if not excluded altogether. Extreme poverty of course imposes numerous hardships and limitations, and it must be eradicated on both pragmatic and moral grounds. Yet financial capacity is not synonymous with the human capacity needed to advance constructive social transformation. There is no guarantee, for example, that those living in affluence are taking any active role in the betterment of humankind. Conversely, the efforts that those who are materially impoverished to assist their communities are certainly not without significance or impact. At all levels of wealth, human capacity is defined not only by one’s potential to achieve goals, but also one’s volition to take the needed actions. Leveraging human capacity for the betterment of society therefore has to do not only with what people are able to do, but also what they actually choose to do. And no people, culture, or economic group has a monopoly on choosing to dedicate their abilities to the common good. 

The Secretary General’s report on the theme of this Commission notes that 3.8 billion people, about 53% of the current global population, live on less than $4 per day.  Though dollar-figure measures of poverty are inherently problematic, this is nevertheless a reality the implications of which can no longer be ignored. Those with limited material means far outnumber those living in abundance, and no longer can it be realistically imagined that a small segment of humanity will, on its own, be able to bring about the advancement of all the rest. At this point in the development of the global community, such a proposition is neither feasible, nor desirable. The aggregate talents of several billion individuals represent a phenomenal reservoir of resources for constructive change – in numerical terms if nothing else – that has so far gone largely untapped. Efforts to rethink and strengthen social development in the contemporary world therefore need to ensure that the contributions of those who have traditionally been treated largely as passive recipients of aid are meaningfully integrated into global processes of development.

Efforts along these lines will be central to mobilizing all available resources for global development. But participation in the advancement of society is also, beyond all practical considerations, meaningful in and of itself. Being of tangible service to others, working in collaboration toward worthy ends, exercising personal abilities in pursuit of the common good – factors such as these are intrinsic sources of human upliftment and satisfaction. They are defining features of the concept of “development”, both individual and social, and need no justification beyond themselves. Formulating goals for the advancement of civilization and making those goals a reality is therefore a task that will ultimately need to be pursued not only in working groups, commissions, and high-level panels, but also in growing numbers of farms and street corners, village councils and neighborhood gatherings around the world. In this way will humanity begin to assume responsibility for its collective destiny.

Because many of these concepts are implemented at the local level, applying them to the intergovernmental processes the Commission deals with can be challenging.  We would therefore like to offer a number of suggestions for consideration.  Specifically, development goals should:

  • address the human resources needed to achieve transformative global progress as robustly as  the financial and technological resources needed.
  • make the building of capacity to contribute to social progress a central objective in formulating targets at the international level, planning interventions at the national level, and monitoring progress at all levels.
  • prioritize universal participation in local development efforts,  regardless of demographic categories, such as gender, age, race, ethnicity, and religion.
  • allow sufficient policy and reporting space for capacity building and empowerment efforts to develop organically and respond to local circumstances.

Twenty years ago, development took a large step forward when the World Summit gave a “human face” to a discourse that had previously centered on economic growth and structural adjustment. Progress in this area continues today as Member States engage in rethinking and strengthening social development in the contemporary world. The goals being considered – those first outlined in Copenhagen and many more proposed in the Post-2015 process – will require the mobilization of resources on scales never before attempted. They also call for a clear understanding of the kinds of resources by which progress can be achieved. The Bahá'í International Community hopes that the concepts touched on in this document contribute to an ongoing exploration of how the talents and abilities of the peoples of the world constitute a critical means of accomplishing this important work. In this regard, we welcome all perspectives on the broad-based leveraging of human capacity as means for the advancement of civilization.

Sprigionare le capacità umane come motore dello sviluppo sociale

Sprigionare le capacità umane come motore dello sviluppo sociale

Dichiarazione della Bahá'í International Community alla 53a sessione della Commissione per lo sviluppo sociale

New York—3 February 2015

Nel momento in cui gli Stati membri non solo riflettono sui progressi compiuti dal Vertice mondiale per lo sviluppo sociale di Copenaghen del 1995, ma gettano anche le basi per la prossima agenda sullo sviluppo globale, è più importante che mai un ripensamento dello sviluppo sociale. A questo proposito, sarà fondamentale riformulare il ruolo delle capacità umane nel miglioramento della società. Occorrono riforme strutturali in molti settori. Ad ogni modo, sono le persone che applicano le norme o le ignorano, che traducono i piani in azione o rimangono in disparte, che mantengono le posizioni di autorità o ne abusano. La capacità delle persone – a livello individuale e come membri di comunità e istituzioni – di realizzare qualcosa che apprezzano collettivamente è quindi un mezzo indispensabile per raggiungere gli obiettivi centrali della Commissione: sradicare la povertà, promuovere la piena occupazione e favorire l'integrazione sociale. 

Il discorso contemporaneo non manca affatto di apprezzare la dimensione umana. Per esempio, nel suo recente rapporto di sintesi sull'agenda post-2015, il Segretario generale osserva che le sfide che la comunità globale deve affrontare «non sono una casualità della natura o il risultato di fenomeni al di fuori del nostro controllo. Sono il risultato delle azioni e delle omissioni delle persone». La sua relazione sul tema prioritario di questa Commissione rileva analogamente che «in termini sia economici che sociali, le politiche e gli  investimenti più produttivi sono stati quelli che hanno consentito alle persone di ottimizzare le proprie capacità, risorse e opportunità».

Tuttavia, quando prende in considerazione gli strumenti d’attuazione, la relazione di sintesi dedica trentuno paragrafi ai finanziamenti e nove alla tecnologia, mentre ne dedica solo quattro alla capacità istituzionale e appena uno ciascuno al volontariato e alla cultura. È evidente che le risorse finanziarie e tecnologiche saranno fondamentali per lo sviluppo globale: entrambe dovranno essere generate in modo molto più consistente e distribuite in modo molto più equo se si vuole che il progresso vada avanti. Ma fin troppo spesso il cambiamento viene attribuito quasi esclusivamente alle istituzioni e alle strutture, limitando così il potere e l'azione degli individui e delle comunità. Le persone sono al centro dell'agenda, e questa è una grande vittoria del Vertice mondiale. Occorre, tuttavia, fare attenzione a non trattare le persone principalmente come oggetti passivi da sviluppare, piuttosto che come promotori attivi a pieno titolo.

Come sarà possibile promuovere il benessere umano negli innumerevoli e variegati contesti del pianeta? Come si potranno estendere le iniziative al di fuori delle capitali e dei centri abitati per raggiungere le innumerevoli aree rurali nelle quali risiede quasi la metà della popolazione mondiale? Chi si occuperà di questo lavoro? Come saranno sostenute queste persone? I governi nazionali hanno una responsabilità speciale in questo campo, e gli obblighi e gli impegni legati all'attuale ordine mondiale non possono essere trascurati impunemente. Ma l'azione dei governi da sola non è sufficiente. Come ha osservato il Segretario generale nel rapporto di sintesi: «Se vogliamo avere successo, la nuova agenda non può rimanere dominio esclusivo delle istituzioni e dei governi. Deve essere accettata dalle persone».

Per sfruttare più efficacemente il potenziale costruttivo dell'umanità, è necessario mettere in discussione il concetto che l'accesso alle risorse finanziarie sia un requisito indispensabile per dare un contributo rilevante alla società. La ricchezza materiale è spesso equiparata alla capacità, esplicita o implicita, nel pensiero e nel discorso sullo sviluppo. Si presume che coloro che dispongono di maggiori patrimoni finanziari siano in generale dotati di maggiori risorse. Si ritiene che siano i motori dello sviluppo, la fonte del progresso, mentre gli altri sono relegati a funzioni secondarie, se non esclusi del tutto. La povertà estrema impone ovviamente innumerevoli difficoltà e limitazioni e deve essere sradicata per ragioni sia pragmatiche che morali. Tuttavia, la capacità finanziaria non è sinonimo della capacità umana necessaria per promuovere una trasformazione sociale costruttiva. Non c'è alcuna garanzia, per esempio, che chi vive nell'agiatezza stia assumendo un ruolo attivo al miglioramento dell'umanità. Per contro, non sono certamente prive di significato e d’impatto le azioni intraprese da coloro che sono in  condizioni di indigenza materiale per aiutare la propria comunità. A qualsiasi livello di ricchezza, la capacità umana è definita non solo dal potenziale di raggiungere gli obiettivi, ma anche dalla volontà di intraprendere le azioni necessarie.
Fare leva sulle capacità umane per il miglioramento della società ha quindi a che fare non solo con ciò che le persone sono in grado di fare, ma anche con ciò che effettivamente scelgono di fare. E nessun popolo, cultura o gruppo economico ha il monopolio della scelta di dedicare le proprie capacità al bene comune.

Il rapporto del Segretario generale sul tema di questa Commissione rileva che 3,8 miliardi di persone, circa il 53% dell'attuale popolazione mondiale, vivono con meno di quattro dollari al giorno. Sebbene la misurazione della povertà in dollari sia per sua natura problematica, questa è comunque una realtà le cui implicazioni non possono più essere ignorate. Il numero di coloro che dispongono di mezzi materiali limitati è di gran lunga superiore a quello di chi vive nell'abbondanza e non si può più immaginare realisticamente che un piccolo segmento dell'umanità sia in grado, da solo, di far progredire tutto il resto. A questo punto dello sviluppo della comunità mondiale, una prospettiva del genere non è né realizzabile, né auspicabile. Se non altro in termini numerici, l’insieme dei talenti di diversi miliardi di persone costituisce un serbatoio fenomenale di risorse per un cambiamento costruttivo, che è rimasto finora in gran parte inutilizzato. Per questo motivo, le iniziative volte a riformulare e a rafforzare lo sviluppo sociale nel mondo contemporaneo devono far sì che il contributo di coloro che sono stati tradizionalmente trattati per lo più come destinatari passivi degli aiuti sia integrato in modo significativo nei processi globali di sviluppo.

Un impegno in questo senso sarà fondamentale per mobilitare tutte le risorse disponibili verso lo sviluppo globale. Inoltre, al di là di ogni considerazione pratica, la partecipazione al progresso della società è significativa anche di per sé. Essere concretamente al servizio del prossimo, lavorare in collaborazione per raggiungere obiettivi meritevoli, impiegare le capacità personali per perseguire il bene comune: tutti questi fattori sono fonti intrinseche di elevazione e soddisfazione umana. Sono caratteristiche che definiscono il concetto di "sviluppo", sia individuale che sociale, e non hanno bisogno di altre giustificazioni. La formulazione di obiettivi per il progresso della civiltà e la loro realizzazione è quindi un compito che in definitiva dovrà essere perseguito non solo da gruppi di lavoro, commissioni e comitati di alto livello, ma anche da un numero sempre maggiore di fattorie e angoli di strada, di consigli di villaggio e di riunioni di quartiere di tutto il mondo. In questo modo il genere umano incomincerà ad assumersi la responsabilità del proprio destino comune.

Poiché molti di questi concetti vengono messi in pratica a livello locale, la loro applicazione ai processi intergovernativi di cui si occupa la Commissione può risultare complessa. Vorremmo quindi offrire una serie di suggerimenti da prendere in considerazione. In particolare, gli obiettivi di sviluppo dovrebbero:

 trattare le risorse umane necessarie per realizzare un progresso trasformativo globale in modo altrettanto incisivo di quelle finanziarie e tecnologiche richieste.
∙ rendere la creazione di capacità in grado di contribuire al progresso sociale una priorità nella formulazione degli obiettivi a livello internazionale, nella pianificazione degli interventi a livello nazionale e nel monitoraggio a ogni livello dei progressi conseguiti.
∙ privilegiare la partecipazione universale alle iniziative per lo sviluppo locale, indipendentemente dalle categorie demografiche, come il sesso, l'età, la razza, l'etnia e la religione.
∙ lasciare uno spazio sufficiente per le politiche e le relazioni, affinché le iniziative di costruzione e di valorizzazione delle capacità si sviluppino in modo organico e rispondano alle circostanze locali.

Vent'anni fa, lo sviluppo ha fatto un grande passo avanti quando il Vertice mondiale ha dato un "volto umano" a un discorso che in precedenza era incentrato sulla crescita economica e sugli adeguamenti strutturali. I progressi in questo ambito continuano ancora oggi, poiché gli Stati membri sono impegnati nella riformulazione e nel rafforzamento dello sviluppo sociale del mondo contemporaneo. Gli obiettivi presi in considerazione – quelli delineati per la prima volta a Copenaghen, oltre ai molti altri proposti nel processo post-2015 – richiederanno la mobilitazione di risorse in proporzioni mai tentate prima. Richiedono inoltre una chiara comprensione del tipo di risorse con cui è possibile ottenere il progresso.
La Bahá'í International Community spera che i concetti esposti in questo
documento facilitino una continua analisi sul modo in cui i talenti e le capacità dei popoli del mondo costituiscano gli strumenti fondamentali per realizzare questa importante opera. A questo proposito, accogliamo con favore qualsiasi punto di vista sull’ampio sfruttamento delle capacità umane come mezzo per il progresso della civiltà.

Is the nation state past its sell-by-date?

Is the nation state past its sell-by-date?

From the Ebola crisis to climate change, from the rise of the Islamic State to the Sony hacking, we have been repeatedly reminded over the past year of how porous and thinly constructed national borders are – and of the increasingly evident fact that the most important challenges facing us today are interlinked and global in nature.

Successful corporate and business leaders already know this: they understand well the interconnections between markets, the media stream, technology transfer and labor.

English

Redefining “partnerships” at the UN in advance of the post-2015 agenda

Redefining “partnerships” at the UN in advance of the post-2015 agenda

At the United Nations, the term “partnerships” is much in vogue, used to describe a wide range of joint endeavors between the UN, governments, civil society, and the private sector.

But what really defines these relationships? What principles or values guide them?  And how can their accountability and transparency be assured?

These were among the questions raised at a breakfast meeting between diplomats, UN officials and representatives of civil society on 17 December 2014 at the offices of the Baha’i International Community.

Religion has an indispensable role in addressing climate change

Religion has an indispensable role in addressing climate change

Scientific and technical knowledge alone will be insufficient to address the scale of innovation, motivation and moral transformation needed to address climate change, according to the Baha’i International Community.

In a statement to the Lima Climate Change Conference (COP 20), the BIC said the role of religion and religious groups will also be vital – along with science – in solving the challenge posed by global warming and other climate impacts anticipated in the near future.

To the United Nations Climate Change Conference in Lima, Peru

To the United Nations Climate Change Conference in Lima, Peru

Lima, Peru—30 November 2014

To those assembled for the United Nations Climate Change Conference in Lima, Peru

Valued collaborators in the building of a sustainable future,

The human family today shares one global destiny in one global homeland. This is a truth the implications of which can no longer be ignored. We therefore welcome this occasion for representatives of government, religion, and civil society to discuss how duties toward the collective trust that is our shared planet can be most effectively discharged.

Historically, humanity’s growing impact on the climate was closely tied to remarkable advances in industry and production. Placing our ongoing advancement on more ecologically sustainable foundations will require a similarly robust spirit of ingenuity and intellectual inquiry. The scale of innovation needed will require a vast expansion in scientific and technological endeavour, not merely on the part of select populations, but across all segments of the global community. The challenges ahead will demand the generation, application, and diffusion of knowledge by all the earth’s inhabitants and in light of our shared planetary future.

But science, information, and knowledge alone – however vital – will be insufficient to address the concerns of global climate change. Religion, and the values and morals it inculcates, will also be necessary. The capacity to build a shared sense of vision and pursue it through acts of collective volition, to sacrifice for the well-being of the whole, to trust, and to give freely and generously to others will be critical to the work ahead. These will not arise through political expediency or mere environmental pragmatism. Rather, they will need to draw on the deepest sources of human inspiration and motivation. Religious communities and their leaders therefore have an indispensable role to play in the realm of climate change.

Religion and science provide complementary insights into the shaping of individual and collective life. Both impact choices and priorities, and both will be required in the just and sustainable ordering of the affairs of humankind.

The work of addressing global climate change ultimately revolves around the aim of human lives well lived. This is a goal cherished by people, cultures and religions the world over. In it can therefore be found a powerful point of unity to support the work ahead. Our ardent prayer is that the achievements won at this conference will provide firm foundations on which the well-being and prosperity of humanity can be ever more effectively pursued for both this and future generations.

We wish you all success in your deliberations,

The Bahá'í International Community

Seeking the Future We Want or Avoiding the Future We Don’t?

Seeking the Future We Want or Avoiding the Future We Don’t?

Discussions at the United Nations on the post-2015 development agenda reflect a new and momentous undertaking for humanity. To a degree never seen before in such negotiations, input from individuals, communities and social institutions are being channeled into a global process of collective stock-taking and planning. But what are we moving toward? What do we hope to create?

English

Not only about justice, social protection also promotes economic growth

Not only about justice, social protection also promotes economic growth

Efforts to provide minimum education, income and pensions for people across all ages has been a source of economic growth for countries, rather than a drag on national budgets.

That was the experience in Latin American in the first decade of the 2000s, said Mateo Estreme, deputy permanent representative of Argentina to the United Nations.

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