Equality of Women and Men

改变价值,增强女童的力量

改变价值,增强女童的力量

妇女地位委员会 第五十一届会议

New York—26 February 2007

2007年2月26日至3月9日

临时议程项目3(a)㈠*

第四次妇女问题世界会议以及题为"2000年
妇女:二十一世纪两性平等、发展与和平"的
大会特别会议的后续行动:重大关切领域战略
目标和行动的执行情况以及进一步的行动和
倡议:消除对女童的一切形式歧视和暴力

 

巴哈教国际联盟欢迎审议"消除对女童的一切形式歧视和暴力"作为妇女地位委员会第五十一届会议的优先主题。

我们还欢迎秘书长研究对儿童的暴力行为,希望这会引起对该关键问题的注意和促进在社会各阶层的动力。

巴 哈教国际联盟认为随着消除对女童的暴力行为法律框架的建立,目前应强调执法和防止暴力。国际社会面临的挑战是,如何创造社会、物质和结构条件让妇女和女童 能够发挥其所有潜力。这些条件的创造不限于法律和体制改革;而应作根深蒂固的变化,建立公正平等超越横蛮的权力和武力的文化。必须提供教育和培训,以使儿 童能够智力上和精神上得到成长,具有尊严和责任感,对自己的家庭、社区及世界的福利负起责任。

我们想提出以下建议:

  • 了解家庭对女童产生最大影响,国家和国际措施、政策及方案应促进支持家庭的价值和态度,使妇女和男子在人类发展领域平起平坐,联手努力。
  • 教育机构应在课程内提倡和编入道德发展内容。通过这些课程,巴哈教学校,举例来说,致力个人的全面发展——把精神和物质、理论和实践、个人进步与共同利益的服务结合起来。在儿童教育中也应倡导两性平等,以杜绝根深蒂固的歧视和性别定型观念。
  • 在国家一级,需要进行协调、执行和监测的协商机制,以加深民间社会的了解和加强政府切实执行《消除对妇女一切形式歧视公约》和《儿童权利公约》的责任。

巴哈教国际联盟和在182个国家的分会正在力求树立全球榜样,家庭不仅拒绝对女童的暴力行为,而且致力提供支持女童和妇女享有平等和受到尊重的有利环境。

بيان تغيير القيم من أجل التمكين للطفلة

بيان تغيير القيم من أجل التمكين للطفلة

متابعة نتائج المؤتمر العالمي الرابع المعني بالمرأة والدورة الاستثنائية الثالثة والعشرين للجمعية العامة المعنونة "المرأة عام ٢٠٠٠: المساواة بين الجنسين والتنمية والسلام في القرن الحادي والعشرين": تنفيذ الأهداف الاستراتيجية والإجراءات الواجب اتخاذها في مجالات الاهتمام الحاسمة واتخاذ مزيد من الإجراءات والمبادرات: القضاء على جميع أشكال التمييز والعنف ضد الطفلة

أكثر من إصلاحات قانونية: الثقافة والمقدرة في القضاء على العنف ضد النساء والفتيات

أكثر من إصلاحات قانونية: الثقافة والمقدرة في القضاء على العنف ضد النساء والفتيات

لقد تحسن وضع النساء والفتيات إلى حدّ كبير، وفق كافة المقاييس، خلال الخمسين سنة الأخيرة. فقد حققن مستويات أعلى في القدرة على القراءة والكتابة والتربية والتعليم، وزدن في معدل دخلهن الفردي، وارتقين إلى القيام بأدوار بارزة في الميادين السياسية والمهنية. إضافة إلى ذلك، نجحت شبكات محلية ووطنية وعالمية واسعة من النساء في إدراج الشؤون النسائية على جدول الأعمال العالمي وحفزت إيجاد آليات قانونية ومؤسسية للتعامل مع هذه الشؤون.

Por encima de las reformas legales: Cultura y capacidad en la erradicación de la violencia contra las mujeres y las niñas

Por encima de las reformas legales: Cultura y capacidad en la erradicación de la violencia contra las mujeres y las niñas

New York—2 July 2006

Julio de 2006

En gran medida, la condición social de las mujeres y de las niñas ha mejorado significativamente durante los últimos 50 años. Han alcanzado mayores tasas de alfabetización y educación, ha crecido su ingreso per cápita, y han ascendido a cargos destacados en las esferas profesional y política. Además, extensas redes locales, nacionales y mundiales han logrado poner en la agenda mundial y han catalizado la creación de mecanismos legales e institucionales para abordar estas preocupaciones. A pesar de los avances positivos, en todos los rincones del mundo continúa causando estragos una epidemia implacable de violencia dirigida contra mujeres y niñas, que se perpetúa por normas sociales, fanatismo religioso y condiciones políticas y económicas de explotación. A medida que la comunidad internacional se empeña por poner en práctica leyes que protejan a las mujeres y a las niñas, es evidente que una enorme brecha separa aún el aparato legal y la idiosincrasia, —materializada en nuestros valores, conducta e instituciones— necesaria para detener la epidemia.

La alarmante violencia contra las mujeres y niñas tiene lugar con un telón de fondo de dos procesos simultáneos que caracterizan la condición mundial actual. El primero es un proceso de desintegración, el cual manifiesta en todos los continentes y en cada una de las esferas de la vida humana la impotencia de instituciones desgastadas, doctrinas obsoletas y tradiciones desacreditadas, y conduce al caos y declinación en el orden social. El deterioro de la capacidad de las religiones para ejercer una influencia moral ha dejado una secuela de vacío moral que es llenado por voces extremistas y planteamientos materialistas de la realidad que niegan la dignidad de la vida humana. Un orden económico explotador, que da pábulo a los extremos de riqueza y pobreza, ha empujado a millones de mujeres a una situación de esclavitud económica y les ha negado el derecho a la propiedad, herencia, seguridad física y participación igualitaria en las empresas productivas. Los conflictos étnicos y los estados fracasados han hecho aumentar la cantidad de mujeres emigrantes y refugiadas, hundiéndolas en situaciones de inseguridad física y económica aún mayor. Dentro del hogar y la comunidad, la alta incidencia de violencia en el seno de la familia, el aumento del trato degradante de mujeres y niños, y la propagación del abuso sexual han acelerado este declive.

Junto con este modelo de deterioro, se distingue un segundo proceso constructivo y unificador. Arraigado en la ética de la Declaración Universal de Derechos Humanos y alimentado por una creciente solidaridad en los empeños de las mujeres de todo el mundo, los últimos 15 años han logrado colocar el tema de la violencia contra las mujeres y las niñas en la agenda mundial. El amplio marco legal y normativo desarrollado en este período ha llevado a la atención de una comunidad internacional distraída, la cultura de impunidad en que tales abusos eran tolerados e incluso aprobados. 1993, la histórica Declaración sobre la eliminación de la violencia contra las mujeres por Naciones Unidas definía la violencia como:

Todo acto de violencia basado en la pertenencia al sexo femenino que tenga o pueda tener como resultado un daño o sufrimiento físico, sexual o sicológico para la mujer, así como las amenazas de tales actos, la coacción o la privación arbitraria de la libertad, tanto si se producen en la vida pública como en la vida privada.1

Esta definición contradecía la noción falaz de que la violencia contra las mujeres y las niñas era asunto privado. El hogar, la familia, la propia cultura y tradición ya no eran los árbitros finales de la acción justa al tratarse de violencia contra niñas y mujeres. El posterior nombramiento de un Relator Especial sobre la violencia contra las mujeres proporcionó otro mecanismo más para investigar y llevar a la atención de la comunidad internacional las múltiples dimensiones de esta crisis.

Pese a algunos avances importantes logrados en los últimos quince años, el fracaso del intento de las naciones de reducir la violencia ha puesto en evidencia las limitaciones de un enfoque principalmente “reactivo” y ha ido adoptando el objetivo más amplio de la prevención de la violencia en primer lugar. Desde este nuevo marco, el desafío que tiene la comunidad internacional ahora es cómo crear las condiciones sociales, materiales y estructurales en que las mujeres y las niñas puedan desarrollarse hasta su pleno potencial. La creación de tales condiciones implicará no sólo intentos deliberados de cambiar las estructuras legales, políticas y económicas de la sociedad, sino, lo que es igualmente importante, requerirá la transformación de las personas – hombres y mujeres, niños y niñas – cuyos valores, de distintas maneras mantienen esquemas de comportamiento basados en la explotación. Desde la perspectiva baha'i, la esencia de todo programa de cambio social es el entendimiento de que la persona tiene una dimensión moral o espiritual. Ello perfila la comprensión del propósito de su vida, sus responsabilidades para con la familia, la comunidad y el mundo. Junto con cambios fundamentales que lentamente van tomando forma en la arquitectura legal, política y económica, el desarrollo de las capacidades morales y espirituales de las personas es un elemento esencial en la aún esquiva búsqueda de cómo impedir el abuso de mujeres y niñas en todo el mundo.

La idea de promover costumbres o valores determinados puede causar controversias; muy a menudo en el pasado tales intentos se han relacionado con prácticas religiosas represivas, ideologías políticas opresivas y visiones muy limitadas del bien común. Sin embargo, las capacidades morales, cuando se articulan de forma consecuente con los ideales de la Declaración Universal de Derechos Humanos y apuntan a promover el desarrollo espiritual, social e intelectual de todas las personas, representan un elemento clave del tipo de transformación que una sociedad no violenta necesita que tome forma. Además, tales capacidades deben apoyarse en el principio central, social y espiritual de nuestro tiempo, a saber, la interdependencia e interconexión de la humanidad entera. De esta manera la meta del desarrollo moral se desplaza de las nociones individualistas de “salvación” hasta abarcar el progreso colectivo de toda la raza humana. A medida que nuestra comprensión de los sistemas sociales y físicos del mundo evoluciona para abrazar este paradigma, igualmente debemos desarrollar las capacidades morales requeridas para funcionar éticamente en la época en que vivimos.

¿Cómo se traduce esto en objetivos educacionales? Varias instituciones de educación superior y escuelas baha'is han identificado capacidades morales concretas que ayudan a equipar a los niños y jóvenes para desarrollar destrezas de razonamiento moral y asumir la responsabilidad de contribuir al mejoramiento de sus comunidades. La base de ese currículo tales asignaturas es la creencia de que toda persona es un ser espiritual con un potencial ilimitado para las acciones nobles, pero para que ese potencial se manifieste debe cultivarse conscientemente mediante un programa que armonice con esta dimensión humana fundamental. Las capacidades morales identificadas por instituciones educativas baha'is incluyen las siguientes: participar eficazmente en la toma de decisiones colectivas no confrontativas (esto incluye la transformación de modelos basados en la explotación mediante el uso de la fuerza y falsamente arraigados en la idea de que el conflicto es una de las bases principales de la interacción humana); actuar con rectitud de conducta basada en principios éticos y morales; cultivar el sentido de dignidad y valor propios; tomar la iniciativa en forma creativa y disciplinada; comprometerse con actividades educativas empoderadoras; crear una visión de futuro deseado basada en valores y principios compartidos, e inspirar a otros para que trabajen por su cumplimiento; entender las relaciones basadas en la dominación y contribuir a su transformación hacia relaciones basadas en la reciprocidad y el servicio. De esta forma, el programa trata de desarrollar a la persona integralmente, aunando lo espiritual y lo material, lo teórico y lo práctico y el sentido de progreso personal con el de servicio a la comunidad.

Si bien tales valores pueden enseñarse en las escuelas, el ambiente familiar es donde los niños crecen y generan perspectivas sobre ellos mismos, el mundo y el propósito de la vida. En la medida que una familia no atiende las necesidades fundamentales de los hijos, en esa misma medida se verá abrumada la sociedad con las consecuencias del descuido y el abuso y sufrirá sobremanera de las condiciones resultantes de apatía y violencia. En la familia, la niña aprende acerca del poder y de su expresión en las relaciones interpersonales; es aquí donde por primera vez aprende a aceptar o rechazar el dominio y violencia autoritarios como medio de expresión y resolución de conflictos. En este ambiente, la amplia violencia cometida por hombres contra mujeres y niñas constituye un ataque al elemento fundamental de la comunidad y la nación.

El estado de igualdad en la familia y en el matrimonio requiere una capacidad cada vez mayor de integrar y unir en lugar de separar e individualizar. En un mundo que está cambiando muy rápidamente, en el que las familias sufren las insoportables presiones de inestables trastornos ambientales, económicos y políticos, asume importancia suprema la capacidad de mantener la integridad del lazo familiar y de preparar a los hijos como ciudadanos de un mundo complejo que se contrae. Por lo tanto, es imperioso ayudar a los hombres en su papel de padres a entender sus responsabilidades en la familia por encima del bienestar económico, lo cual incluye dar un ejemplo de relaciones sanas entre hombres y mujeres, de autodisciplina e igual respeto por los miembros varones y mujeres de una familia. Este es un papel complementario al de la madre, que es la primera educadora de sus hijos y cuya felicidad, sentido de la seguridad y autovaloración es esencial para su capacidad para actuar eficazmente como progenitora.

Lo que los hijos aprenden en el seno familiar es confirmado o bien contradicho por las interacciones y valores sociales que dirigen su vida comunitaria. Todos los adultos de la comunidad, ya sean educadores, trabajadores de la salud, empresarios, representantes políticos, jefes religiosos, funcionarios policiales, profesionales de los medios de comunicación u otros, comparten responsabilidades en la protección de los niños. Sin embargo, en muchísimos casos la red protectora de la vida comunitaria aparece rasgada irreparablemente: se trafica con millones de mujeres y niñas cada año, sometiéndolas a prostitución forzada y condiciones semejantes a la esclavitud; las trabajadoras emigrantes afrontan una doble marginalización como mujeres y como emigrantes, y sufren abuso mental, físico y económico a manos de sus empleadores en una economía irregular; la violencia contra las ancianas, cuyo número ha aumentado y que a menudo carecen de los recursos para protegerse a sí mismas, ha aumentado notablemente; la pornografía infantil se ha extendido como un virus que sacia el apetito de un mercado global sin reglas ni excepciones; en muchos países, incluso el acto de acudir a la escuela expone a las niñas a un tremendo riesgo de abuso físico y sexual. Exacerbando las condiciones provocadas por estados débiles y la no aplicación de la ley, está el profundo dilema moral que obliga a la comunidad a preguntarse: ¿qué induce a un individuo a explotar la vida y dignidad de otro ser humano? ¿Qué capacidad moral fundamental han dejado de cultivar la familia y la comunidad?

En todo el mundo, las religiones tradicionalmente han desempeñado un papel determinante en el cultivo de los valores de una comunidad. Mas hoy en día muchas voces que se alzan en nombre de la religión constituyen el obstáculo más formidable para erradicar conductas violentas y explotadoras que se cometen en contra de las mujeres y las niñas. Apelando a la religión en beneficio de su propio poder, los proponentes de interpretaciones religiosas extremas han tratado de “domar” a las mujeres y niñas limitándoles la movilidad fuera del hogar, restringiendo su acceso a la educación, sometiendo sus cuerpos a prácticas tradicionales dañinas, controlando la vestimenta e incluso matándolas para castigarlas por acciones que supuestamente denigraban el honor de la familia. Es la propia religión la que necesita desesperadamente una renovación. Un elemento clave de esa renovación es la necesidad de que los jefes religiosos defiendan inequívocamente el principio de igualdad de hombres y mujeres y se conviertan en sus portaestandartes: un principio moral y práctico que se requiere urgentemente para progresar en las esferas social, política y económica de la sociedad. Hoy día deben examinarse profundamente e inspeccionarse minuciosamente las prácticas y doctrinas religiosas que violen flagrantemente las normas de derechos humanos internacionales, tomando en consideración que todas las religiones contienen las voces de mujeres, que a menudo han estado ausentes de la definición cambiante de lo que es la religión y lo que requiere.

El entorno de la persona, su familia y la comunidad están en último término bajo la protección del Estado; es a este nivel donde se requiere desesperadamente un liderazgo esclarecido y responsable. Sin embargo, la mayoría de los gobiernos continúan sin reconocer como suya la obligación de castigar e impedir la violencia contra las mujeres y niñas y su explotación; muchos carecen de la voluntad política; algunos no asignan recursos suficientes para aplicar las leyes; en muchos países no existen servicios especializados para abordar la violencia contra las mujeres y las niñas; y en casi todos los contextos la labor de prevención se ha limitado a medidas locales de corto plazo2. De hecho, pocos estados pueden afirmar que se ha reducido en lo más mínimo su incidencia global3. Muchos estados continúan ocultándose tras reservas culturales y religiosas ante los tratados internacionales que condenan esta violencia, perpetuando aun más un clima de impunidad legal y moral que hace que sean en gran extremo invisibles la violencia y sus víctimas.

La época del desarrollo de marcos legales debe ser seguida ahora por un hincapié en la puesta en práctica y la prevención. La base de tales medidas es una estrategia arraigada en la educación y formación integral de los niños en una forma que les permita crecer tanto intelectual como moralmente, cultivando en ellos un sentido de dignidad al igual que una responsabilidad por el bienestar de su familia, comunidad y el mundo. Desde un punto de vista presupuestario, la prevención conlleva la adopción deliberada de medidas específicas para cada género para asegurar que se asigne una porción suficiente de recursos a fin de proporcionar servicios sociales accesibles y de ejecución de las leyes. Tales empeños deben reforzarse con definiciones claras de lo que es violencia, así como métodos globales de recolección integral de datos a fin de evaluar los esfuerzos nacionales en esta área y despertar consciencia entre hombres y mujeres acerca de la gravedad y predominio de violencia que se da en su comunicad.

La comunidad internacional, pese a su importante liderazgo en este tema mediante la Declaración de 1993, su reconocimiento de la violencia contra las mujeres y las niñas como un “obstáculo para el logro de igualdad, desarrollo y paz” y la labor del Relator Especial, ha estado dividida y ha sido tarda en poner sus palabras en práctica. En 2003, la falta de acción fue puesta de relieve en las reuniones de la 47ª sesión de la Comisión de Naciones Unidas sobre la Condición Jurídica y Social de la Mujer, la cual, por primera vez en la historia de la Comisión, resultó ser incapaz de llegar a un conjunto de conclusiones acordadas acerca de la violencia contra la mujer. En este caso, se usaron argumentos basados en la cultura y la religión en un intento de eludir las obligaciones de los países, que están descritas en la Declaración de 1993. Por tanto, es imperioso que en futuras reuniones de la Comisión se adopte un lenguaje decisivo en cuanto a la eliminación de la violencia contra las mujeres y las niñas como conclusiones acordadas, imprimiendo no sólo el tono legal sino moral que corresponda a esta epidemia mundial.

A fin de cumplir sus numerosos compromisos, la comunidad internacional necesita aumentar drásticamente el poder, la autoridad y los recursos dedicados a los derechos humanos de la mujer, la igualdad de género y el empoderamiento de las mujeres. La Comunidad Internacional Baha'i participa en las discusiones que sugieren crear un organismo autónomo de Naciones Unidas con un mandato amplio dedicado a toda la gama de los derechos e intereses de las mujeres. Dichas discusiones derivan de la Plataforma de Beijing para la Acción, el Programa de Trabajo de El Cairo y la Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer y aseguran que la perspectiva de derechos humanos se integre completamente en todos los aspectos de la labor de Naciones Unidas. Para garantizarles una voz a las mujeres a los más altos niveles de toma de decisiones en Naciones Unidas, dicho organismo debiera ser conducido por un director con la categoría de Subsecretario General. Para desempeñar eficazmente su mandato, la institución requiere una presencia nacional suficiente al igual que expertos independientes en derechos de las mujeres como parte de su cuerpo gubernativo.

De todos los niveles de la sociedad deben surgir esfuerzos para erradicar la epidemia de violencia contra las mujeres y las niñas y deben ser reforzados por todos esos niveles, desde el individuo hasta la comunidad internacional. Sin embargo no deben limitarse a reformas institucionales y legales, pues éstas se aplican solo al delito manifiesto y son incapaces de generar los profundos cambios necesarios para crear una cultura en que imperen la justicia y la equidad por encima de la vehemencia del poder autoritario y la fuerza física. De hecho, la dimensión interior y exterior de la vida humana son recíprocas: ninguna puede reformarse sin la otra. Esta dimensión interior, ética y moral es la requiere ahora una transformación pues, en último término, es la que proporciona la base más segura para los valores y el comportamiento que hacen surgir a las mujeres y las niñas y, así, promueve el avance de toda la humanidad.

Notas

  1. Asamblea General de las Naciones Unidas resolución 48/104 del 20 de diciembre de 1993. Declaración sobre la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres, Artículo 2. Documento UN A/RES/48/104.
  2. División de las Naciones Unidas para el Avance de la Mujer (2005). Informe de la Reunión del Grupo de Expertos:

    Buenas prácticas cuando se combate y se elimina la violencia contra las mujeres. 17-20 de mayo de 2005, Viena Austria. http://www.un.org/womenwatch/daw/egm/vaw-gp-2005/docs/FINALREPORT.goodpractices.pdf

  3. Ibíd.

 

必须消除对妇女和女童的暴力行为

必须消除对妇女和女童的暴力行为

New York—2 July 2006

在过去五十年,通过多种措施的实施,妇女和女童的地位已经有了极大的提高。她们获得了更高的识字率和受教育率,人均收入有所增加,在专业和政治领域也占有了突出的地位。此外,广泛的地方、国家和全球妇女网络将女性问题提上了全球议事日程,并促进了应对这些问题的法律和制度机制的诞生。

但是,尽管取得了如此积极的进步,由于社会习俗、宗教狂热以及剥夺性的经济和政治环境的存在,针对妇女和女童的暴力行为仍然继续肆虐于全世界各个角落。

全球社会目前所面临的挑战是,如何创造良好的社会、物质和组织条件,让妇女和女童发展全部的潜能。类似条件的创造不仅需要有意识地改变社会的法律、政治和经济结构,而且同等重要的是,还需要个人——男人和女人,男童和女童——的改变,他们的价值观也在以不同的形式支持着剥夺性的行为模式。

青少年和妇女在精神领域占重要角色

从巴哈伊观点来看,理解人人都拥有精神或道德维度是开展任何社会变革行动的基础。这决定了人们对生活目的、对家庭、社区及世界的责任的理解。除了逐渐成形的法律、政治和经济结构的巨大变化之外,个人道德和精神能力的发展也是实现在全球范围内防止对妇女和女童的虐待这一持久使命的基本要素。

在这个全体人类相互依存、相互联系的时代,我们必须将这些能力根植于核心的社会和精神准则之中。通过这种方式,将道德发展的目标从个人主义的“救赎”信条,转向追求整个人类种族的集体进步。

很多从事高等教育的巴哈伊学校和机构都认识到了协助儿童和青少年发展道德推理能力及承担为社区福祉做贡献的责任所需的特定道德能力。巴哈伊教育机构所重视的道德能力包括:有效参与非对抗性集体决策的能力;基于伦理和道德原则以公正态度做出反应的能力;培养自尊、自重态度的能力;以富有创造性和纪律性的方式积极开展行动的能力;致力于教育授权活动的能力;基于共同价值观和原则创造美好未来愿景的能力;理解基于支配性的关系的能力;以及基于互惠和服务为关系改变做出贡献的能力。

尽管在学校也可以传授类似的价值观,但事实上,家庭才是儿童成长并形成对个人、世界及人生目标等看法的真正环境。在家庭中,儿童会了解到权力的性质,以及权力在人际关系中的表达;儿童正是在家庭中学习到接受或抗拒将权威及暴力作为表达和解决冲突的一种方式。

家庭和婚姻的平等状态越来越多地需要我们具备整合和团结,而不是分离和割裂的能力。在这个世界飞速变化,家庭面临环境、经济和政治剧变所带来的难以承受的紧张压力的时代,保持家庭纽带的完整,并将孩子培养成为这个错综复杂并日益缩小的世界公民的能力正变得前所未有的重要。因此,帮助作为父亲的男性理解他们在家庭中的责任就势在必然。除了经济责任之外,他们还需要为家庭内的男性和女性成员树立健康的两性关系、个人自律、男女平等、互相尊重的楷模。这也是母亲角色的补充。母亲是子女的第一个老师,她的快乐感、安全感和自我价值感对于她身为人母的能力至关重要。

社区生活的社会交往模式和价值观会对儿童从家庭中所学到的东西加以认同或反对。社区中的所有成年人——教育者、医务工作者、企业家、政治代表、宗教领袖、警察、媒体记者等等——都共同承担着保护儿童的责任。

国家和宗教应为妇女儿童权益积极发声

在整个世界,宗教在传统上一直对培养社区价值观起着决定性的作用。然而,在今天,来自宗教领域的很多声音却成为了根除针对妇女和女童的剥削性行为的最大障碍。极端宗教诠释的支持者利用宗教观点作为权力的工具,试图对女性加以“驯化”,禁锢她们在家庭之外的行动能力,限制她们受教育的能力,让她们的身体接受伤害性的传统手术,控制她们的服装,甚至以有损家族名誉的名义对她们施以刑罚乃至杀戮。宗教本身也极其需要更新。这一更新的核心就是,宗教领袖需要毫不含糊地宣扬男女平等的原则,并成为执行这一原则的带头人。男女平等乃是基本的道德和行为准则,为实现社会、政治和经济领域的进步所亟需。

今天,我们必须要对公然与国际人权标准相抗衡的宗教行为和教条进行更加深刻的审视,谨记所有宗教都包含了妇女的声音。但是,人们在对宗教是什么,以及宗教需要什么进行阐释的过程中,却往往容易将这一点遗漏掉。

每一个人,每一个家庭及社区环境都最终处于国家的保护之下;正因为如此,富有智慧和责任心的国家级领导尤其必不可少。然而,大多数政府仍然在回避其国际义务,并未对针对妇女的暴力和剥削加以惩罚和阻止。很多政府是由于缺乏政治意愿;还有一些则是没有配置足够的资源,以实施相关的法律;在很多国家,并没有专门的针对对女性的暴力行为的服务机构;预防工作几乎全都局限在短期的本地行为。

很多国家仍然躲藏在文化和宗教保守的背后,无视声讨这一暴力的国际条约,仍然顽固地坚守着令这一暴力及其牺牲者不为人们所知的法律和道德气候。

制订法律框架这一阶段已经结束,我们现在应该做的是强调执行和预防。采取类似措施的基础就是制订一个植根于儿童教育和培训的策略,帮助他们在学识和道德上同步成长,培养他们的尊严感,以及对家庭、社区和世界福祉的责任感。

为了实现其所做出的众多承诺,国际社会需要极大地增加权力、职权和资源的分配,致力于妇女权利、平等及授权。巴哈伊国际社团也参与了相关讨论,并建议创造一个联合国自治机构,对所有妇女权利事务进行全面管理。为了在联合国最高决策层确保纳入女性的声音,类似机构应该由一位具备联合国副秘书长地位的主管者担任领导。

如何从根源上实现男女长幼的平等

根除对妇女和女童的暴力现象必须从个人到国际社会各个层级着手及强化。然而,这些努力不能仅仅局限于法律和机构改革,因为类似改革只能应对显在的犯罪,并不能激发创建公正平等的文化、以取代独裁权力和身体暴力文化所需的深层次的变革。

现在所需要的是内在的、族群的以及道德维度的变革,最终为有利于提升妇女和女童地位的价值观和行为提供最可靠的基础,并反过来促进整个人类的进步。

Über gesetzliche Reformen hinaus: Kultur und Kompetenz in der Beseitigung von Gewalt gegen Frauen und Mädchen

Über gesetzliche Reformen hinaus: Kultur und Kompetenz in der Beseitigung von Gewalt gegen Frauen und Mädchen

Eine Stellungnahme der Internationalen Bahá’í–Gemeinde

New York—2 July 2006

In vielerlei Hinsicht hat sich die Stellung von Frauen und Mädchen in den letzten 50 Jahren bedeutend verbessert. Sie haben höhere Alphabetisierungsraten und Bildungsstandards erreicht, ihr Pro-Kopf-Einkommen gesteigert und sind in herausragende berufliche und politische Positionen aufgestiegen. Darüber hinaus ist es weit verzweigten nationalen und globalen Frauen-Netzwerken gelungen, ihre Belange auf die globale Tagesordnung zu setzen, und gesetzliche und institutionelle Mechanismen zu erwirken, die sich mit diesen Belangen befassen. Trotz dieser positiven Entwicklungen existiert jedoch immer noch eine unbarmherzige Epidemie von Gewalt gegen Frauen und Mädchen, die in jedem Teil der Welt verheerenden Schaden anrichtet. Diese Gewaltepidemie wird aufrechterhalten durch soziale Normen, religiösen Fanatismus und ausbeuterische wirtschaftliche und politische Strukturen. Während die internationale Gemeinschaft darum ringt, Gesetze zum Schutz von Frauen und Mädchen umzusetzen, besteht offensichtlich immer noch eine gewaltige Kluft zwischen den gesetzlichen Regelungen und der kulturellen Realität unserer Werte, Verhaltensweisen und Institutionen.

Die alarmierende Gewalt gegen Frauen und Mädchen existiert vor dem Hintergrund zweier simultaner Prozesse, die die gegenwärtige globale Situation charakterisieren. Der erste ist ein Prozess der Desintegration, der auf jedem Kontinent und in jedem Bereich menschlichen Lebens die Unfähigkeit erschöpfter Institutionen, überalterter Glaubenssätze und in Verruf geratener Traditionen aufzeigt und zu Chaos und dem Niedergang sozialer Ordnung führt. Die nachlassende Fähigkeit der Religionen, moralischen Einfluss auszuüben, hat zu einem moralischen Vakuum geführt, in dem extremistische Stimmen und materielle Weltanschauungen gedeihen, welche die Würde menschlichen Lebens verleugnen. Eine ausbeuterische wirtschaftliche Ordnung, welche die Gegensätze von Armut und Reichtum verstärkt, hat Millionen Frauen in Positionen wirtschaftlicher Sklaverei gedrängt und ihnen ihre Rechte auf Besitz, Erbschaft, körperliche Sicherheit und gleichberechtigte Teilnahme an Produktion und Arbeit genommen. Ethnische Konflikte und zusammenbrechende Staatsgebilde haben zu einem drastischen Zuwachs an Migrantinnen und weiblichen Flüchtlingen geführt – Situationen, in denen Frauen noch größerer physischer und wirtschaftlicher Unsicherheit ausgesetzt sind. Innerhalb von Familien und Gemeinden haben die weite Verbreitung von Gewalt in der Familie, der Anstieg von erniedrigender Behandlung von Frauen und Kindern und die Ausbreitung sexuellen Missbrauchs den Niedergang beschleunigt.

Neben diesem Muster des Zerfalls ist ein zweiter, konstruktiver und einigender Prozess erkennbar. Basierend auf der Ethik der Allgemeinen Erklärung der Menschenrechte und unterstützt durch eine ansteigende Solidarität unter den Bemühungen von Frauen in aller Welt, ist in den letzten 15 Jahren das Thema der Gewalt gegen Frauen und Mädchen auf die globale Tagesordnung gesetzt worden. Der umfassende gesetzliche und normative Rahmen, der in dieser Zeit entwickelt wurde, hat eine beunruhigte internationale Gemeinschaft auf die Kultur der Ungestraftheit aufmerksam gemacht, innerhalb welcher solcherart Übergriffe toleriert und sogar stillschweigend geduldet wurden. Im Jahr 1993 wurde in der historischen Erklärung der Vereinten Nationen über die Beseitigung von Gewalt gegen Frauen ‘Gewalt’ definiert als:

„Jede gegen Frauen auf Grund ihrer Geschlechtszugehörigkeit gerichtete Gewalthandlung, durch die Frauen körperlicher, sexueller oder psychischer Schaden oder Leid zugefügt wird oder zugefügt werden kann, einschließlich der Androhung derartiger Handlungen, der Nötigung und der willkürlichen Freiheitsberaubung, gleichviel ob im öffentlichen oder im privaten Bereich.“[1]

Diese Definition widerspricht der irrigen Ansicht, dass Gewalt gegen Frauen und Mädchen eine private Angelegenheit sei. Das Heim, die Familie, die eigene Kultur und Tradition sind nicht länger die endgültigen Richter über angemessenes Handeln, wenn es um Gewalt gegen Frauen und Mädchen geht. Die anschließende Ernennung einer/s VN Sonderberichterstatterin/s über Gewalt gegen Frauen schaffte noch einen weiteren institutionellen Mechanismus, der dazu dient, die vielfältigen Dimensionen dieser Krise zu untersuchen und die Aufmerksamkeit der internationalen Gemeinschaft zu wecken.

Trotz großer Fortschritte in den letzten fünfzehn Jahren hat das Versagen der Nationen bei der Eindämmung der Gewalt die Mängel eines hauptsächlich reaktiven Ansatzes aufgezeigt und allmählich das umfassendere Ziel der Gewaltprävention in den Vordergrund gerückt. Mit anderen Worten, die internationale Gemeinschaft steht nun vor der Herausforderung, die sozialen, materiellen und strukturellen Rahmenbedingungen zu schaffen, in denen Frauen und Mädchen ihr volles Potential entwickeln können. Die Gestaltung solcher Bedingungen wird nicht nur gezielte Bestrebungen zur Veränderung der gesetzlichen, politischen und wirtschaftlichen Strukturen der Gesellschaft erfordern, sondern, und ebenso wichtig, wird sie die Transformation von Individuen – Männer und Frauen, Jungen und Mädchen – bedeuten, deren Wertorientierungen bisher auf unterschiedliche Weise ausbeuterische Verhaltensmuster aufrechterhalten. Aus Bahá’í Sicht bildet die Überzeugung, dass jedes Individuum eine geistige und moralische Dimension besitzt, die Essenz eines jeden Programms zum sozialen Wandel. Diese Dimension liegt dem individuellen Verständnis von Lebenszweck und von Verantwortlichkeiten gegenüber Familie, Gemeinde und der Welt insgesamt zugrunde. Neben grundlegenden Änderungen in der gesetzlichen, politischen und wirtschaftlichen Architektur, die langsam Form annehmen, ist die Entwicklung der moralischen und geistigen Fähigkeiten des Individuums ein grundlegendes Element in dem bisher nur flüchtigen Bestreben, der Gewalt gegen Frauen und Mädchen in aller Welt vorzubeugen.

Die Idee, spezifische Moral und Werte zu fördern, ist möglicherweise kontrovers; in der Vergangenheit wurden solche Bemühungen oft mit repressiven religiösen Praktiken oder unterdrückenden, politischen Ideologien und eng definierten Vorstellungen vom Allgemeinwohl assoziiert. Jedoch sind moralische Kompetenzen, wenn sie mit den Idealen der Allgemeinen Erklärung der Menschenrechte in Einklang stehen und darauf abzielen die geistige, soziale und intellektuelle Entwicklung aller Menschen zu fördern, ein Schlüsselfaktor für die Art der Transformation, die nötig ist, damit eine gewaltfreie Gesellschaft entstehen kann. Außerdem müssen diese Kompetenzen in den zentralen sozialen und geistigen Prinzipien unserer Zeit verankert sein – nämlich der wechselseitigen Abhängigkeit und Vernetzung der Menschheit als Ganzes. Das Ziel moralischer Entwicklung verschiebt sich in diesem Kontext: von Vorstellungen individueller ‚Erlösung’ hin zum Streben nach kollektivem Fortschritt der gesamten Menschheit. Unser Verständnis der sozialen und physischen Systeme der Welt hat sich zu diesem Paradigma hin entwickelt, und genauso müssen wir unsere moralischen Kompetenzen entwickeln, um im heutigen Zeitalter ethisch handeln zu können.

Wie kann dies in Bildungsziele übersetzt werden? Eine Reihe von Baha'i-Schulen und Institutionen der höheren Bildung thematisieren spezifische moralische Kompetenzen, die dabei helfen, Kindern und Jugendlichen Fähigkeiten zum moralischen Denken zu vermitteln und ihr Verantwortungsgefühl hinsichtlich der Verbesserung ihrer Gemeinden zu fördern. Die Basis solcher Bildungsinhalte ist der Glaube, dass jeder Mensch ein spirituelles Wesen ist, mit unbegrenztem Potential für edles Handeln. Damit dieses Potential sich zeigt, muss es jedoch bewusst kultiviert werden – eben durch Bildungsinhalte, die auf diese grundlegende, menschliche Dimension ausgerichtet sind. Zu solchen moralischen Kompetenzen gehören unter anderem:

effektiv an nicht-konfrontativen, kollektiven Entscheidungsprozessen teilzunehmen (dies beinhaltet die Transformation von ausbeuterisch-manipulativen Verhaltensmustern, die auf der Anwendung von Zwang und auf der irrigen Idee basieren, dass Konflikt ein Hauptpfeiler menschlicher Interaktion ist);

aufrechtes Handeln, basierend auf ethischen und moralischen Prinzipien;

die Wahrnehmung der eigenen Würde und des eigenen Wertes zu kultivieren; und

mit Kreativität und Disziplin Initiative zu übernehmen;

sich Bildungsaktivitäten zu widmen, die Handlungsmacht und –freiheit kultivieren;

Zukunftsvisionen auf der Grundlage geteilter Werte und Prinzipien zu entwickeln und andere zur Mitarbeit an der Umsetzung der Visionen zu motivieren;

Beziehungen, die auf Dominanz beruhen, zu erkennen und dazu beizutragen, sie in Beziehungen zu verwandeln, die auf Gegenseitigkeit und Dienst beruhen.

Solche Bildungsinhalte haben zum Ziel, das Individuum als Ganzes zu entwickeln – das Geistige mit dem Materiellen ebenso zu verbinden wie das Theoretische mit dem Praktischen und dem Sinn von individuellem Fortschritt mit dem Dienst an der Gemeinschaft.

Während diese Werte in Schulen gelehrt werden können, entwickeln Kinder ihre Vorstellungen über sich selbst, die Welt und den Sinn des Lebens vornehmlich in der familiären Umgebung. In dem Maße, in dem eine Familie darin versagt, die grundlegenden Bedürfnisse der Kinder zu erfüllen, in demselben Maße wird die Gesellschaft mit den Auswirkungen von Vernachlässigung und Missbrauch belastet sein und wird unter den daraus resultierenden Zuständen der Apathie und Gewalt außerordentlich leiden. In der Familie lernt das Kind das Wesen von Macht kennen und wie sie sich in zwischenmenschlichen Beziehungen manifestiert; und in der Familie ist es, wo junge Menschen zuerst lernen, autoritäre Herrschaft und Gewalt als Ausdrucksmittel und Weg zur Konfliktlösung zu akzeptieren oder zurückzuweisen. Vor diesem Hintergrund bedeutet die weit verbreitete Gewalt von Männern gegen Frauen und Mädchen einen Angriff auf die grundlegende Einheit der Gesellschaft und der Nation.

Der Zustand von Gleichberechtigung in Familie und Ehe bedarf einer ständig wachsenden Fähigkeit zu verbinden und zu einigen, anstatt zu trennen und zu individualisieren. In einer sich schnell verändernden Welt, in der Familien sich unter unerträglichem Druck ökologischer, wirtschaftlicher und politischer Umbrüche sehen, nimmt die Fähigkeit, Familienbande intakt zu halten und Kinder auf die Rolle als Bürger/in in einer komplexen und immer "kleiner" werdenden Welt vorzubereiten, überragende Bedeutung ein. Daher ist es notwendig, Männern in ihrer Vaterrolle zu helfen, ihre Verantwortlichkeiten in einer Familie über das wirtschaftliche Wohlergehen hinaus zu verstehen, Beispiele für gesunde Beziehungen zwischen Frauen und Männern zu werden sowie Selbstdisziplin und gleichen Respekt für die männlichen und weiblichen Mitglieder der Familie zu zeigen. Die Rolle des Vaters ergänzt die der Mutter, welche die erste Erzieherin ihrer Kinder ist, und deren Glück, Sicherheitserleben und Selbstwert grundlegend für ihre Effektivität in der elterlichen Fürsorge sind.

Was Kinder in der Familie lernen, erfährt entweder Bestätigung oder Widerspruch in den sozialen Interaktionen und Werten, die das Leben in Gemeinde und Gesellschaft bestimmen. Alle Erwachsenen in der Gemeinde – Lehrer/innen, Krankenpersonal, Unternehmer/innen, politische Vertreter/innen, religiöse Führer/innen, Polizist/innen, Medienfachleute und dergleichen – teilen eine Verantwortung für den Schutz von Kindern. Dennoch erscheint in so vielen Fällen das schützende Netzwerk des Gemeindelebens irreparabel zerrissen: Millionen von Frauen und Mädchen sind jedes Jahr Opfer des Menschenhandels und werden der Zwangsprostitution und sklavenähnlichen Zuständen unterworfen; Migrantinnen sehen sich einer doppelten Ausgrenzung gegenübergestellt, als Frauen und als Migrantinnen, und leiden unter mentalen, physischen und wirtschaftlichen Misshandlungen in ungeschützten Arbeitsverhältnissen; Gewalt gegen ältere Frauen, deren Anzahl angestiegen ist und die keine Mittel zum Selbstschutz haben, hat immens zugenommen; Kinderpornographie hat sich wie ein Virus verbreitet und stillt den Appetit eines grenzenlosen, unregulierten globalen Marktes; in vielen Ländern birgt sogar der Weg zur und Aufenthalt in der Schule für Mädchen ein ungeheures Risiko des physischen und sexuellen Missbrauchs. Was die durch schwache staatliche Strukturen und fehlende Strafverfolgung hervorgerufenen Zustände noch verschlimmert, ist das grundlegende Dilemma, das der Gesellschaft die Frage aufzwingt: Was bringt ein Individuum dazu, das Leben und die Würde eines anderen Menschen auszubeuten? Welche grundsätzliche, moralische Kompetenz hat die Familie und Gesellschaft versäumt zu entwickeln?

In aller Welt haben Religionen traditionell eine tragende Rolle bei der Bestimmung und Kultivierung von gesellschaftlichen Werten gespielt. Heute jedoch stellen viele Stimmen, die im Namen der Religion erhoben werden, das größte Hindernis gegen die Ausrottung von gewalttätigem und ausbeuterischem Verhalten gegen Frauen und Mädchen dar. Indem sie religiöse Appelle als Machtinstrument benutzen, streben Befürworter extremistischer religiöser Interpretationen danach, Frauen und Mädchen dadurch zu ‚zähmen’, dass sie ihre Bewegungsfreiheit außerhalb des Hauses einschränken und somit ihren Zugang zu Bildung begrenzen, ihre Körper schädlichen traditionellen Praktiken unterwerfen, ihre Kleidung vorzuschreiben und sie sogar töten, um Handlungen zu bestrafen, die angeblich die Familienehre herabsetzen. Es ist die Religion selbst, die unbedingt der Erneuerung bedarf. Ein Kernelement dieser Erneuerung muss es sein, dass religiöse Führer sich unmissverständlich für das Prinzip der Gleichberechtigung von Mann und Frau aussprechen und dessen Bannerträger werden – ein moralisches und praktisches Prinzip, das dringend benötigt wird, um in sozialer, politischer und wirtschaftlicher Hinsicht gesellschaftlichen Fortschritt zu erreichen. Heutzutage müssen religiöse Praktiken und Lehrsätze, die eine ungeheuerliche Verletzung der internationalen Menschenrechtsstandards darstellen, eingehender Untersuchung und Prüfung unterzogen werden - in dem Bewusstsein, dass alle Religionen die Stimmen von Frauen enthalten, Stimmen, die jedoch bei dem Diskurs über die sich entwickelnde Definition von Religion und darüber, was sie erfordert, oft fehlten und noch fehlen.

Das Individuum, seine Familie und seine gesellschaftliche Umgebung stehen letztendlich unter dem Schutz des Staates. Und hier ist aufgeklärte und verantwortungsbewusste Führungsqualität unendlich nötig. Die Mehrheit der Regierungen jedoch vernachlässigt weiterhin ihre Verpflichtungen, die Gewalt und Ausbeutung von Frauen und Mädchen zu bestrafen und ihr vorzubeugen. Vielen fehlt der politische Wille; manche versagen darin, angemessene Ressourcen bereitzustellen, um gesetzliche Regelungen in der Praxis umzusetzen. In vielen Ländern existieren keine speziellen Einrichtungen, die sich mit der Gewalt gegen Frauen und Mädchen befassen, und die präventive Arbeit ist, in fast allen Kontexten, auf kurzzeitige Maßnahmen begrenzt.[2] In der Tat können nur wenige Staaten behaupten, auch nur die kleinste Verringerung der weiten Verbreitung von Gewalt gegen Frauen und Mädchen erreicht zu haben.[3] Viele Staaten verstecken sich weiterhin hinter kulturellen und religiösen Einschränkungen* in internationalen Verträgen, die diese Gewalt verurteilen – und erhalten dadurch weiter ein Klima rechtlicher und moralischer Straffreiheit aufrecht, das die Gewalt und ihre Opfer größtenteils unsichtbar macht.

Den Zeiten der Entwicklung rechtlicher Rahmenbedingungen muss nun ein Schwerpunkt auf praktischer Umsetzung und Prävention folgen. Die Grundlage solcher Maßnahmen ist eine Strategie, deren Herzstück eine Art von Bildung und Training ist, das Kinder dazu befähigt, intellektuell und moralisch zu wachsen und in ihnen ein Gefühl der Würde und Verantwortung für das Wohlergehen ihrer Familie, Gemeinde und der Welt zu fördern. Aus finanzieller Perspektive bedeutet Vorbeugung den bewussten Einsatz gender-spezifischer Maßnahmen, um sicherzustellen, dass ein angemessener Anteil des Budgets der Bereitstellung von leicht zugänglichen sozialen Diensten und der Strafverfolgung zugewiesen wird. Solche Bemühungen müssen durch klare Definitionen von Gewalt und umfangreiche Methoden zur Datenerfassung verstärkt werden, um nationale Bemühungen in diesem Bereich zu bewerten und das Bewusstsein von Männern und Frauen für die Schwere und die Verbreitung von Gewalt in ihrer Gemeinschaft zu schärfen.

Trotz ihrer wichtigen Führungsrolle in dieser Angelegenheit durch die Erklärung von 1993, ihrer Anerkennung, dass Gewalt gegen Frauen und Mädchen „der Herbeiführung von Gleichberechtigung, Entwicklung und Frieden entgegensteht“ sowie der Arbeit der/s Sonderberichterstatterin/s, war die internationale Gemeinschaft gespalten und träge in der praktischen Umsetzung ihrer Worte. Im Jahr 2003 wurde dieses Versagen während der Beratungen der 47. Frauenrechtskommission deutlich, welche zum ersten Mal in ihrer Geschichte unfähig war, sich auf eine Reihe von Beschlüssen über Gewalt gegen Frauen zu einigen. In diesem Fall wurden kulturelle und religiöse Argumente benutzt, um zu versuchen, die Verpflichtungen der Länder, wie sie in der Erklärung von 1993 beschrieben werden, zu unterwandern. Deshalb ist es notwendig, dass in künftigen Vereinbarungen eine entschiedene Sprache im Zusammenhang mit der Beseitigung von Gewalt gegen Frauen und Mädchen gesprochen wird, die nicht nur den gesetzlichen, sondern auch den moralischen Impetus festlegt, der dieser globalen Epidemie angemessen ist.

Um ihren vielen Verpflichtungen gerecht zu werden, muss die internationale Gemeinschaft dramatisch an Macht, Autorität und Ressourcen hinzugewinnen, die den Frauenrechten, der Gleichberechtigung der Geschlechter und dem Empowerment von Frauen gewidmet werden. Die Baha'i International Community beteiligt sich an Beratungen, die die Einrichtung einer autonomen Körperschaft mit einem umfassendem Mandat vorschlagen, das der vollen Bandbreite von Frauenrechten und –belangen gewidmet ist. Diese werden der Pekinger Aktionsplattform, dem Kairoer Arbeitsprogramm und der Konvention zur Beseitigung jeder Form von Diskriminierung der Frau entnommen, und stellen sicher, dass die Menschenrechtsperspektive vollständig in alle Bereiche der VN-Arbeit integriert ist. Um Frauen eine Stimme auf den höchsten Entscheidungsebenen der Vereinten Nationen zu garantieren, sollte solch eine Körperschaft von einer/m Direktor/in mit dem Status einer/es Untergeneralsekretärin/s geführt werden. Um ihr Mandat effektiv erfüllen zu können, benötigt die Institution eine ausreichende nationale Präsenz sowie unabhängige Frauenrechtsexpert/innen in ihrem Führungsgremium.

Die Bemühungen, die Epidemie der Gewalt gegen Frauen zu beenden, müssen auf allen Ebenen der Gesellschaft stattfinden und gestärkt werden – vom Individuum bis zur internationalen Gemeinschaft. Jedoch sollten diese Bemühungen nicht auf gesetzliche und institutionelle Reformen beschränkt werden, denn diese befassen sich nur mit offenkundigen Straftaten und sind ungeeignet, tiefergehende Veränderungen zu bewirken. Solche Veränderungen sind aber notwendig, um eine Kultur zu schaffen, in der sich Gerechtigkeit und Gleichberechtigung gegenüber der Wucht autoritärer Macht und physischer Kraft durchsetzen. In der Tat sind die inneren und äußeren Dimensionen menschlichen Lebens eng miteinander verknüpft – keine kann ohne die andere verbessert werden. Es ist die innere, ethische und moralische Dimension, die jetzt der Transformation bedarf und die letztendlich die sicherste Grundlage für Werte und Verhaltensweisen bieten wird, die den Status von Frauen und Mädchen erhöhen und dadurch den Fortschritt der ganzen Menschheit fördern.

 

Quellenangaben

[1] United Nations General Assembly resolution 48/104 of 20 December 1993. Declaration on the Elimination of Violence Against Women, Article 1. UN Document A/RES/48/104. Deutsche Version: Erklärung über die Beseitigung der Gewalt gegen Frauen, www.humanrights.ch/home/upload/pdf/050330_erklarung_gg_gewalt.pdf

[2] United Nations Division for the Advancement of Women (2005). Report of the Expert Group Meeting: Good practices in combating and eliminating violence against women. 17-20 May 2005, Vienna Austria. www.un.org/womenwatch/daw/egm/vaw-gp-2005/docs/FINALREPORT.goodpractices...

[3] ebenda

* Engl.: reservations

Übersetzung: Bahá’í Jugendforum Europa & Bahá'í-Frauen-Forum e.V.

 

Titel der englischen Originalausgabe:

Beyond Legal Reforms: Culture and Capacity in the Eradication of Violence Against Women and Girls

 

Yasal Reformların Ötesinde: Kadınlara ve Kızlara Karşı Şiddetin Ortadan Kaldırılmasında Kültür ve Kapasite

Yasal Reformların Ötesinde: Kadınlara ve Kızlara Karşı Şiddetin Ortadan Kaldırılmasında Kültür ve Kapasite

New York—2 July 2006

Alınan  birçok  önlemle,  kadınların  ve  kızların  statüsü  son  50  yılda  önemli  ölçüde   iyileştirilmiştir.  Daha yüksek okuryazarlık ve eğitim oranlarına ulaşmışlar, kişi başına  gelirlerini artırmışlar ve mesleki ve siyasi alanlarda  önemli  rollere  yükselmişlerdir.  Dahası,   geniş  yerel,  ulusal  ve  küresel  kadın  ağları  kadınların kaygılarını  dünya  gündemine   koymayı  başarmış  ve bu kaygıları  ele alacak  yasal  ve kurumsal mekanizmaların  oluşturulmasını   kolaylaştırmıştır.  Olumlu  gelişmelere  rağmen,  kadınlara  ve  kızlara  karşı sosyal normlar,  dinsel fanatizm ve sömürücü ekonomik ve politik koşullar tarafından sürdürülen amansız bir şiddet  salgını dünyanın her köşesinde büyük zarar vermeye devam etmektedir. Uluslararası toplum, kadınları  ve kızları koruyacak yasaları yürürlüğe koymak için uğraşırken, bu salgını durdurmak için gerekli  olan yasal sistem ile değerlerimiz,  davranış tarzlarımız  ve kurumlarımızda  somutlaşan  kültür  arasında  hala büyük bir uçurum bulunmaktadır.

Kadınlara  ve  kızlara  karşı  kaygılandırıcı  düzeydeki  şiddet,  bugünkü  küresel  durumu   nitelendiren  iki  eş zamanlı  süreç  karşısında  meydana  gelmektedir.  Birincisi,  her  kıtada   ve  insan  yaşamının  her  alanında geçerliliğini   yitirmiş   kurumların,   eskimeye   yüz  tutmuş    doktrinlerin   ve  gözden   düşmüş   geleneklerin güçsüzlüğünü  açığa  vuran ve toplumsal   düzende  kargaşaya  ve çöküşe  yol açan bir parçalanma  sürecidir. Dinlerin ahlaki bir etki meydana  getirme yeteneğinin kötüye gitmesi, ardında insan yaşamının saygınlığını reddeden  uç  seslerle  ve   gerçeğin  maddi  algılanışlarıyla  doldurulan  ahlaki  bir  boşluk  bırakmıştır.  Aşırı zenginlik  ve yoksulluğu besleyen bir sömürücü ekonomik düzen, milyonlarca kadını ekonomik kölelik konumlarına   itmiş  ve onları  mülk,  miras,  fiziksel  güvenlik  ve üretim  girişimine  eşit katılım   haklarından mahrum bırakmıştır.  Etnik çatışmalar  ve zayıf devletler,  kadın göçmenlerin  ve  mültecilerin  sayısını, onları daha  da  büyük  fiziksel  ve ekonomik  güvensizlik  konumlarına   iterek  artırmıştır.  Evde  ve toplumda,  aile içindeki yüksek şiddet oranı, kadınlara ve çocuklara  karşı alçaltıcı davranışta artış ve cinsel istismarın yaygınlaşması, bu çöküşü hızlandırmıştır.

Bir kötüye gidiş modelinin yanı sıra, yapıcı ve birleştirici ikinci bir süreç görülebilir. İnsan  Hakları Evrensel Bildirgesi’nin etiğinde kökleşmiş ve dünyada kadın çabalarının artan bir  dayanışmasıyla beslenen son 15 yıl, kadınlara  ve  kızlara  karşı  şiddet  sorununu  küresel   gündeme  koymayı  başarmıştır.  Bu  zaman  boyunca geliştirilen kapsamlı yasa ve norm çerçevesi,  böyle bir istismarın hoş görüldüğü ve hatta göz yumulduğu dokunulmazlık kültürünü kafası karışmış  bir uluslararası toplumun dikkatine getirmiştir. Bir dönüm noktası olan, BM Kadınlara Karşı  Şiddetin Önlenmesi Bildirgesi 1993 yılında şiddeti şöyle tanımlamaktaydı:

İster  genel  ister  özel  yaşamda  meydana  geliyor  olsun,  kadınlarda  fiziksel,  cinsel  veya   psikolojik zararla  veya  acıyla  sonuçlanan  veya  sonuçlanması  olası,  cinsiyete  dayanan   herhangi  bir  şiddet hareketi; ayrıca bu gibi eylem tehditleri, zorlama ya da özgürlükten keyfi  olarak mahrum etme.1

Bu tanım, kadınlara ve kızlara karşı şiddetin özel bir konu olduğu şeklindeki temelsiz düşünceye  meydan okumuştu. Kızlara veya kadınlara karşı şiddet söz konusu olduğunda, ev, aile, kültür ve  gelenek, artık doğru hareketin nihai hakemleri  olmayacaktı. Kadınlara karşı şiddet konusunda bir  Özel Raportörün de atanması, bu krizin birçok boyutunu  araştırıp  uluslararası  toplumun   dikkatine  getirmek  için bir  diğer  mekanizmayı sağladı.

Son on beş yıldaki büyük ilerlemelere karşın, ülkelerin şiddeti azaltmaktaki  başarısızlığı,   aslında ‘tepkisel’ bir  yaklaşımın  kusurlarını  açıkça  ortaya  koymuş  ve öncelikle  şiddetin   önlenmesi  olan  daha geniş  hedefi giderek  kabul etmeye başlamıştır.  Farklı ifade edilmekle,   uluslararası  toplumun  önündeki şimdiki meydan okuma,  kadınların  ve kızların tüm  potansiyellerini  geliştirebilecekleri  sosyal,  maddi  ve yapısal  koşulların nasıl  yaratılacağıdır. Bu gibi koşulların yaratılması, sadece toplumun yasal, siyasi ve ekonomik  yapılarını değiştirmek  için bilinçli  girişimleri  içermeyecek,  aynı  ölçüde önemli  olarak da,  değer  yargıları  sömürücü davranış modellerini değişik biçimlerde destekleyen  bireylerin—erkeklerin ve kadınların, erkek ve kız çocuklarının—değişim geçirmesini gerektirecektir.  Bahai bakış açısına göre herhangi bir sosyal değişim programının özü, bireyin ruhani ve ahlaki bir  boyutunun olduğu anlayışıdır. Bu, yaşamlarının amacına dair anlayışlarını,  aileye, topluma ve  dünyaya  karşı sorumluklarını  biçimlendirir.  Yavaş yavaş şekillenen  yasal, siyasi  ve  ekonomik    yapıdaki  kritik  değişimlerin   yanı  sıra,  bireylerin  ahlaki  ve  ruhani  yeteneklerinin  geliştirilmesi, dünyanın her yerindeki kadınlara ve kızlara karşı istismarı önlemek için henüz  anlaşılması güç olan arayışın temel bir unsurudur.

Belirli  ahlaki  prensipleri  ve  değer  yargılarını  yaygınlaştırma  düşüncesi  tartışmalara  yol   açar  niteliktedir; geçmişte  çok sık olarak bu gibi çabalar,  baskıcı  dini uygulamalar,  ezici  siyasi ideolojiler  ve ortak yarara ilişkin dar biçimde tanımlanmış vizyonlarla özdeşleşmiştir.  Ancak ahlaki yetenekler, İnsan Hakları Evrensel Bildirgesi’nin idealleriyle tutarlı bir biçimde  açıkça belirtildikleri ve tüm bireylerin ruhani, sosyal ve zihinsel gelişimini beslemeyi  amaçladıkları zaman, şiddetten arınmış bir toplumun meydana gelmesi için gerekli değişimin anahtar  bir öğesini temsil eder. Dahası, bu gibi yetenekler, günümüzün merkezi sosyal ve ruhani temel  prensibine, yani insanlığın bir bütün olarak birbirine muhtaçlığı ve bağlanmışlığı ilkesine sıkıca  bağlı olmalıdır. O zaman ahlaki gelişimin amacı, bireyselci ‘kurtuluş’ düşüncelerinden,  tüm insan  ırkının kolektif gelişimini kapsamaya  doğru değişir. Dünyanın sosyal ve fiziksel sistemlerine dair  anlayışımız bu çerçeveyi kabul  etmek  üzere  evrim  geçirirken,   yaşadığımız  çağda  etik  olarak   işlev  yapmak  için  gerekli  ahlaki yetenekleri de geliştirmeliyiz.

Bunu eğitim hedeflerine nasıl dönüştürebiliriz? Birçok Bahai okulu ve yüksek eğitim kurumu,  çocukları ve gençleri ahlaki muhakeme becerileri geliştirmek ve toplumlarının iyileşmesine katkıda  bulunma sorumluluğu üstlenmek üzere donatmaya yardım eden bazı ahlaki yetenekler tanımlamıştır.  Böyle bir müfredat için temel, her bireyin soylu eylem için sınırsız potansiyele sahip ruhani bir  varlık olduğu, ancak, ortaya çıkabilmesi için o  potansiyelin   bu  temel  insani  boyutla  uyumlu   bir  müfredat  vasıtasıyla  bilinçli  olarak  geliştirilmesi gerektiğine olan inançtır. Bahai  eğitim kurumları tarafından belirlenen ahlaki yetenekler arasında şunlar bulunmaktadır:  çatışmadan   arınmış  olarak ortak karar  almaya  etkin biçimde  katılma  (bu, güç kullanımını esas alan ve  çatışmanın insan etkileşimlerinin  temel bir dayanağı olduğu fikrinde yanlış şekilde kökleşmiş olan  sömürücü davranış modellerinin değişim geçirmesini içerir); etik ve ahlaki prensiplere dayanan  davranış dürüstlüğü  ile hareket  etme; insanın  saygınlık  ve kendine  değer verme duygusunu   geliştirme;  yaratıcı  ve disiplinli bir şekilde girişimde bulunma;  eğitim aktivitelerini   güçlendirmeyi  üstlenme;  paylaşılan değerlere ve prensiplere dayanan bir arzulanan gelecek vizyonu  yaratma ve başkalarını da bunun gerçekleşmesi için çalışmaya esinleme; egemenliğe dayalı ilişkileri  anlama ve bunların karşılıklılığa ve hizmete dayalı ilişkilere dönüştürülmesi yönünde katkıda  bulunma. Bu şekilde müfredat, bireyi bir bütün olarak geliştirmeye çalışmaktadır—ruhani   ile   maddi yi,  teorik  ile  pratiği  ve  bireysel  gelişim  duygusu  ile  topluma  hizmeti  birleştirerek.

Bu gibi değerler okullarda öğretilebilmekle  beraber, çocukların  yetiştikleri  ve kendileri, dünya  ve yaşamın amacı hakkında görüşler oluşturdukları yer aile ortamıdır. Bir aile çocuklarının temel  gereksinimlerini karşılamakta  ne  kadar  başarısız  olursa,  toplum  da  ihmal  ve  istismarın   sonuçlarının  yükünü  o  derecede sırtında taşıyacak ve ilgisizlik ve şiddetin yol açtığı  koşullardan büyük ölçüde acı çekecektir. Çocuk gücün doğasını ve onun kişiler arası ilişkilerdeki  ifadesini ailede öğrenir; ifadenin ve çatışmayı çözümlemenin bir vasıtası olarak otoriter yönetimi  veya şiddeti kabul etmeyi ya da reddetmeyi ilk öğrendiği yer burasıdır. Bu ortamda,  erkekler   tarafından  kadınlara  ve kızlara  karşı  işlenen  yaygın  şiddet,  toplumun  ve ulusun  temel  birimine bir saldırı oluşturmaktadır.

Ailedeki ve evlilikteki eşitlik hali, ayırmak ve bireyselleştirmek yerine sürekli artan bir  bütünleştirme ve birleştirme  yeteneği  gerektirir.  Ailelerin  kendilerini  değişen  çevresel,   ekonomik  ve siyasi  karışıklıkların baskıları altında dayanılmaz biçimde gerilmiş buldukları hızla  değişen bir dünyada, aile bağının bütünlüğünü korumak ve çocukları karmaşık ve küçülen bir dünyada  vatandaşlığa hazırlamak büyük önem kazanmaktadır. O halde, babalar olarak erkeklerin bir ailedeki  sorumluluklarının,  ekonomik refahın ötesinde, sağlıklı erkek-

kadın ilişkilerinin,  öz disiplinin ve ailenin erkek ve kadın üyelerine karşı eşit saygının bir  örneği olmayı da içerdiğini  anlamalarına  yardım  etmek  zorunludur.  Bu,  çocuklarının  ilk   eğitmeni  olan;  mutluluğu,  sahip olduğu güvenlik ve özsaygı duygusu, etkin biçimde ebeveynlik   yapma kapasitesi için gerekli olan annenin rolünü tamamlamaktadır.

Çocukların ailede öğrendikleri,  onların toplum yaşamını şekillendiren sosyal etkileşimler ve değer  yargıları tarafından doğrulanır ya da reddedilir. Toplumdaki bütün yetişkinlerin —eğitimciler,  sağlık çalışanları, girişimciler,  siyasi  temsilciler,  dini  liderler,  polis  memurları  ve   medya  profesyonellerinin—   çocukların korunması sorumluluğunda bir payı vardır. Ancak, toplum  yaşamının koruyucu ağının pek çok durumda onarılmaz bir biçimde kopmuş olduğu görülmektedir: her  yıl milyonlarca kadın ve kızın ticareti yapılmakta, zorla fahişeliğe  ve kölelik  benzeri  şartlara   maruz bırakılmaktadır;  göçmen  işçiler,  kadınlar  ve göçmenler olarak iki kat marjinalleşmeyle  karşı karşıya kalmakta, gayri resmi bir ekonomide işverenlerinin ellerinde zihinsel,  fiziksel  ve   ekonomik  istismarın  acısını  çekmekteler;  sayıları  artmış  ve çoğu  zaman  kendilerini koruma  vasıtalarından yoksun olan yaşlı kadınlara karşı şiddet büyük ölçüde artmıştır; çocuk pornografisi,  sınırsız ve kontrol dışı bir küresel pazarın iştahını besleyen bir virüs gibi  yayılmıştır;  birçok  ülkede okula gitme ve devam etme eylemi  bile kızları fiziksel ve cinsel istismar için çok büyük  bir riske sokmaktadır. Zayıf  devletlerin  ve  yasaların  uygulanmasında  başarısızlığın  yarattığı   koşulları  daha  da kötü bir  duruma sokmak,  toplumu  şu soruları  sormaya  zorlayan  derin  bir   ahlaki  ikilemdir:  bir  bireyi,  başka  bir  insanın yaşamını  ve  haysiyetini  sömürmeye  sevk   eden  nedir?  Aile  ve  toplum,  hangi  temel  ahlaki  kapasiteyi geliştirmeyi başaramamıştır?

Dinler  bir  toplumun  değer  yargılarını  oluşturmada,   geleneksel   olarak  tüm  dünyada   belirleyici  bir  rol oynamıştır.  Ancak,  bugün din adına  yükseltilen  birçok ses, kadınlara  ve  kızlara karşı işlenen  şiddetin  ve sömürücü davranışların ortadan kaldırılmasında en güçlü engeli  oluşturmaktadır. Aşırı dinsel yorumların savunucuları, dinsel çağrıları kendi güçleri için bir araç  olarak kullanmak yoluyla, ev dışındaki hareket kabiliyetlerini  sınırlandırarak,  eğitime  erişimlerini  kısıtlayarak,  bedenlerini  zararlı geleneksel  uygulamalara maruz bırakarak,  giyimlerini denetleyerek ve hatta aile onurunu küçük düşürdüğü iddia edilen eylemleri cezalandırmak   için  öldürmek  suretiyle  kadınları  ve  kızları  ‘evcilleştirmeye’   çalışmıştır.  Çok  ciddi   bir yenilenme  ihtiyacında  olan,  dinin  kendisidir.  Böyle  bir yenilenmenin  ana öğesi,  dini   liderlerin  toplumun sosyal, politik  ve ekonomik alanlarında  ilerlemeyi  gerçekleştirmek  için  acil ihtiyaç  duyulan bir ahlaki  ve pratik prensip olan kadın erkek eşitliği prensibini açık bir  şekilde ifade etmeleri ve onun öncüleri olmaları gereğidir.  Bugün  tüm  dinlerin,  dinin  ne   olduğu  ve  neyi  gerektirdiğinin  evrim  halindeki  tanımında  çoğu zaman dışarıda bırakılan  kadınların seslerini de içerdiği akılda tutularak, uluslararası insan hakları ölçütlerini açıkça   ihlal  eden  dinsel  uygulama  ve  doktrinler   daha  derin  bir  inceleme  ve  gözden  geçirmeye   tabi tutulmalıdır.

Birey,  ailesi  ve  toplum  ortamı  sonuçta  devletin  koruması  altındadır;  aydın  ve sorumlu   liderliğe  işte bu düzeyde  ciddi  ihtiyaç  vardır.  Ancak,  çoğu  hükümetler  kadınlara  ve   kızlara  karşı  şiddeti  ve  sömürüyü cezalandırıp önlemeye yönelik uluslararası yükümlülüklerinden  kaçınmayı sürdürmektedir; birçoğu siyasi iradeden yoksundur; bazıları yasaları uygulamak için  yeterli kaynak ayırmakta başarısızdır; birçok ülkede kadınlara ve kızlara karşı şiddetle ilgilenen  uzman hizmetler yoktur; ve önleme konusunda çalışma neredeyse her bağlamda yerel kısa süreli tedbirlerle sınırlıdır 2. Gerçekte, sadece birkaç devlet genel  durumda küçük bir azalma olduğunu iddia edebilir 3. Birçok devlet, şiddeti kınayan uluslararası  anlaşmalarda   kültürel ve dini şartların arkasına saklanmaya devam ederek, şiddeti ve kurbanlarını büyük ölçüde  görünmez kılan bir yasal ve ahlaki cezadan muaflık ortamını daha da sürekli kılmaktadır.

Yasal  çerçeveler   geliştirme   devrini,  artık  uygulama   ve  önlemeye   verilen  önem   izlemelidir.   Bu  gibi önlemlerin  temeli,  çocuklarda  hem  saygınlık  duygusu  hem  de   ailelerinin,  toplumlarının  ve  dünyalarının iyiliği için sorumluluk geliştirerek, onların  zihinsel ve aynı zamanda da ahlaki gelişmelerini mümkün kılacak eğitim ve öğretimlerinde kökleşmiş  bir stratejidir. Bütçesel açısından bakınca, önleme çalışmaları, yeterli bir kaynak oranının  kolayca  erişilebilir sosyal hizmetlerin  ve yasal uygulamaların  sağlanması  için ayrılmasını  garanti etmek üzere cinsiyete özgü önlemlerin bilinçli olarak benimsenmesini kapsayacaktır. Bu gibi  çabalar, bu  alandaki  ulusal  çabaları  değerlendirebilmek  ve  erkekler  ve  kadınların,   toplumlarında  meydana  gelen şiddetin ciddiyeti  ve yaygınlığı  konusunda  bilinçlerini  artırmak  için şiddetin açık tanımlarıyla  ve kapsamlı veri toplama metotlarıyla güçlendirilmelidir. Uluslararası  toplum, 1993 Bildirgesi’yle  bu konudaki önemli liderliğine,  kadınlara ve kızlara  karşı şiddeti “eşitliğe,  gelişmeye  ve  barışa  ulaşılması  için  bir  engel”  olarak  kabul  etmesine  ve  Özel   Raportör’ün çalışmalarına   rağmen,  bölünmüştür   ve  sözlerini  uygulamaya   koymakta   ağır   kalmıştır.  Eyleme  geçme konusundaki  başarısızlığa,  2003’te  BM  Kadının  Statüsü  Komisyonu’nun   47’nci  oturum  toplantılarında dikkat  çekilmişti.  Komisyon,  tarihinde  ilk kez olarak,   kadınlara  karşı şiddet  konusunda  üzerinde  mutabık kalınan bir dizi sonuca varmada başarısız  kalmıştı. Bu durumda, ülkelerin 1993 Bildirgesi’nde ana hatları belirtilen yükümlülüklerinden   kaçmaya  yeltenmek için kültürel ve dini esaslı tezler kullanıldı. Bu nedenle, Komisyon’un  gelecek  toplantılarında  bu küresel salgına dair sadece yasal değil aynı zamanda uygun ahlaki tavrı da  belirleyerek, kadınlara ve kızlara karşı şiddetin ortadan kaldırılmasıyla ilgili kararlı bir dilin,  mutabık kalınan sonuçlar olarak benimsenmesi zorunludur.

Birçok  taahhüdünü  yerine  getirebilmesi  için,  uluslararası  toplumun  kadınların  insan   haklarına,  cinsiyet eşitliğine  ve kadınların  güçlendirilmesine  adanmış  gücü,  otoriteyi  ve  kaynakları  çarpıcı biçimde  artırması gerekir. Bahai Uluslararası  Toplumu, tamamıyla  kadınların  haklarına ve sorunlarına adanmış, kapsamlı bir göreve  sahip  özerk  bir  Birleşmiş   Milletler   birimi  oluşturmayı   öneren  görüşmelere   katılmaktadır.   Bu görüşmeler, Pekin Eylem  Platformu’ndan, Kahire Çalışma Programı’ndan ve Kadına Karşı Her Türlü Ayrımcılığın Önlenmesi  Sözleşmesi’nden kaynaklanmakta  ve insan hakları bakış açısının BM çalışmalarının tüm yönleriyle  tam olarak bütünleştirilmesini temin etmektedir. Kadınlara BM’in en yüksek karar alma seviyelerinde   söz  hakkını  garanti  etmek  için  böyle  bir  birim,  Genel  Müsteşar  statüsünde  bir  yönetici  tarafından idare edilmelidir. Görevini etkin biçimde yürütebilmesi için, bu kurum hem yeterli  ölçüde ulusal temsile,   hem  de  yönetim   kurulunun   parçası   olarak  bağımsız   kadın    hakları   uzmanlarına   gereksini m duyacaktır.

Kadınlara ve kızlara karşı şiddet salgınını ortadan kaldırma çabaları, bireyden uluslararası  topluma kadar, toplumun   her  seviyesinden   gelmeli  ve  onlar  tarafından  güçlendirilmelidir.    Bununla  birlikte,  yasal  ve kurumsal reformlarla sınırlı kalmamalıdır; çünkü bunlar sadece gözle  görülür suça hitap ederler ve adalet ve eşitliğin, otoriter gücün ve fiziksel kuvvetin düşüncesiz  eylemi üzerinde egemen olacağı bir kültür yaratmak için ihtiyaç duyulan köklü değişimleri   yaratamazlar.  Gerçekten de, insan yaşamının içsel ve dışsal boyutları karşılıklıdır,  biri   olmadan  diğeri  düzeltilemez.  Şimdi  değişim  geçirmeye  gereksinim  duyan  ve  sonunda  kadınların  ve kızların statüsünü  yükselterek,  bu sayede de insanlığın tümünün  ilerlemesine   yardımcı  olan değer yargıları ve davranış için en sağlam temeli sağlayan, işte bu içsel, etik ve  ahlaki boyuttur. Notlar

1 Birleşmiş Milletler Genel Kurul 48/104 sayılı kararı, 20 Aralık 1993. Kadınlara Karşı Şiddetin  Önlenmesi Bildirgesi, Madde 2. BM Dokümanı A/RES/48/104.

2 Birleşmiş Milletler Kadınların İlerlemesi Departmanı (2005). Uzman Grup Toplantı Raporu:  Kadınlara karşı şiddetle mücadele etmede ve önlemede yararlı uygulamalar. 17-20 Mayıs 2005, Viyana,  Avusturya. http://www.un.org/womenwatch/daw/egm/vaw-gp-2005/docs/FINALREPORT.goodpr...

3 Aynı yerde.

Kaynak URL:  http://www.bic.org/statements/beyond-legal-reforms-culture-and-capacity-... - women-and-girls women-and-girls

Beyond Legal Reforms: Culture and Capacity in the Eradication of Violence Against Women and Girls

Beyond Legal Reforms: Culture and Capacity in the Eradication of Violence Against Women and Girls

New York—2 July 2006

By many measures, the status of women and girls has improved significantly over the last 50 years. They have achieved higher rates of literacy and education, increased their per capita income, and risen to prominent roles in professional and political spheres. Moreover, extensive local, national and global networks of women have succeeded in putting women's concerns on the global agenda and catalyzed the creation of legal and institutional mechanisms to address these concerns. Notwithstanding the positive developments, a relentless epidemic of violence against women and girls, perpetuated by social norms, religious fanaticism, and exploitative economic and political conditions, continues to wreak havoc in every corner of the world. As the international community struggles to implement laws to protect women and girls, it is evident that a massive divide still separates the legal apparatus and the culture, embodied in our values, behaviors and institutions, required to stem the epidemic.

The alarming violence against women and girls takes place against the backdrop of two simultaneous processes that characterize the present global condition. The first is a process of disintegration, which in every continent and every arena of human life reveals the impotence of outworn institutions, obsolescent doctrines and discredited traditions, and leads to chaos and decline in the social order. The deterioration of the ability of religions to exercise a moral influence has left in its wake a moral vacuum filled by extremist voices and material conceptions of reality that deny the dignity of human life. An exploitative economic order, fuelling the extremes of wealth and poverty, has pushed millions of women into positions of economic slavery and denied their rights to property, inheritance, physical security and equal participation in the productive enterprise. Ethnic conflicts and failing states have swelled the number of women migrants and refugees, forcing them into positions of yet greater physical and economic insecurity. Within the home and community, the high incidence of violence within the family, the increase in degrading treatment of women and children, and the spread of sexual abuse have accelerated this decline.

Alongside a pattern of deterioration, a second constructive and unifying process can be discerned. Rooted in the ethic of the Universal Declaration of Human Rights and fuelled by a growing solidarity of women's efforts around the world, the last 15 years have succeeded in putting the issue of violence against women and girls on the global agenda. The extensive legal and normative framework developed during this time has brought to the attention of a distracted international community, the culture of impunity within which such abuse was tolerated and even condoned. 1993, the landmark UN Declaration on the Elimination of Violence Against Women defined violence as:

Any act of gender-based violence that results in, or is likely to result in, physical, sexual or psychological harm or suffering to women, including threats of such acts, coercion or arbitrary deprivations of liberty, whether occurring in public or in private life.1

This definition challenged the fallacious notion that violence against women and girls was a private matter. The home, the family, one's culture and tradition were no longer to be the final arbiters of just action where violence against girls or women was concerned. The subsequent appointment of a Special Rapporteur on violence against women provided yet another mechanism for investigating and bringing the many dimensions of this crisis to the attention of the international community.

Despite major advances in the last fifteen years, the failure of nations to decrease the violence has laid bare the shortcomings of a primarily reactive' approach and has gradually come to embrace the broader goal of prevention of violence in the first place. Framed differently, the challenge now before the international community is how to create the social, material and structural conditions in which women and girls can develop to their full potential. The creation of such conditions will involve not only deliberate attempts to change the legal, political and economic structures of society, but, equally importantly, will require the transformation of individuals, men and women, boys and girls, whose values, in different ways, sustain exploitative patterns of behavior. From the Baha'i perspective, the essence of any program of social change is the understanding that the individual has a spiritual or moral dimension. This shapes their understanding of their life's purpose, their responsibilities towards the family, the community and the world. Alongside critical changes in the legal, political and economic architecture slowly taking shape, the development of individuals' moral and spiritual capabilities is an essential element in the as yet elusive quest to prevent the abuse of women and girls around the world.

The idea of promoting specific morals or values may be a controversial one; too often in the past such efforts have been associated with repressive religious practices, oppressive political ideologies and narrowly defined visions of the common good. However, moral capabilities, when articulated in a manner consistent with the ideals of the Universal Declaration of Human Rights and aimed at fostering the spiritual, social and intellectual development of all persons, represent a key element of the kind of transformation required for a non-violent society to take shape. Moreover, such capabilities must be anchored in the central social and spiritual principle of our time, namely the interdependence and interconnectedness of humanity as a whole. The goal of moral development, then, is shifted from individualistic notions of 'salvation' to embrace the collective progress of the entire human race. As our understanding of the world's social and physical systems has evolved to embrace this paradigm, so too must we develop the moral capabilities required to function ethically in the age in which we live.

How does this translate into educational objectives? A number of Baha'i schools and institutions of higher education have identified specific moral capabilities which help to equip children and youth to develop skills of moral reasoning and to assume the responsibility of contributing to the betterment of their communities. The basis for such curricula is the belief that every person is a spiritual being with limitless potential for noble action but that potential, in order to manifest, must be consciously cultivated through a curriculum attuned to this fundamental human dimension. Among the moral capabilities identified by Baha'i educational institutions include the ability to: participate effectively in non-adversarial collective decision-making (this includes the transformation of exploitative patterns of behavior based on the use of force and falsely rooted in the idea of conflict as a mainstay of human interaction); to act with rectitude of conduct based on ethical and moral principles; to cultivate one's sense of dignity and self-worth; to take initiative in a creative, disciplined form; to commit to empowering educational activities; to create a vision of a desired future based on shared values and principles, and to inspire others to work for its fulfillment; to understand relationships based on dominance and to contribute towards their transformation into relationships based on reciprocity and service. In this way, the curriculum seeks to develop the individual as a whole integrating the spiritual and the material, the theoretical and the practical and the sense of individual progress with service to the community.

While such values can be taught in schools, it is the family environment in which children grow and form views about themselves, the world and the purpose of life. To the degree that a family fails to meet the fundamental needs of the children, to that same degree will society be burdened with the consequences of neglect and abuse and will suffer greatly from the resulting conditions of apathy and violence. In the family, the child learns about the nature of power and its expression in interpersonal relationships; it is here that she first learns to accept or reject authoritarian rule and violence as a means of expression and conflict resolution. In this environment, the widespread violence committed by men against women and girls constitutes an assault on the foundational unit of the community and the nation.

The state of equality in the family and in the marriage requires an ever-increasing ability to integrate and unite rather than to separate and individualize. In a rapidly changing world, where families find themselves unbearably strained under the pressures of shifting environmental, economic and political upheavals, the ability to maintain the integrity of the family bond and to prepare children for citizenship in a complex and shrinking world takes on paramount importance. It is imperative, then, to help men as fathers understand their responsibilities in a family beyond economic well-being to include setting an example of healthy male-female relations, of self-discipline and equal respect for the male and female members of the family. This is a complementary role to that of the mother, who is the first educator of her children and whose happiness, sense of security and self-worth is essential to her capacity to parent effectively.

What children learn in the family is either confirmed or contradicted by the social interactions and values that shape their community life. All adults in the community, educators, health workers, entrepreneurs, political representatives, religious leaders, police officers, media professionals and the like, share a responsibility for the protection of children. In so many cases, however, the protective web of community life appears irreparably torn: millions of women and girls are trafficked every year and subjected to forced prostitution and slavery-like conditions; migrant workers face a double marginalization as females and as migrants, suffering mental, physical and economic abuse at the hands of their employers in an informal economy; violence against older women, whose numbers have risen and who often lack the means for self-protection, has greatly increased; child pornography has spread like a virus feeding the appetite of a seamless, unregulated global market; in many countries, even the act of getting to and attending school has put girls at a tremendous risk for physical and sexual abuse. Exacerbating the conditions brought on by weak states and the failure of law enforcement, is the profoundly moral dilemma that forces the community to ask: what moves an individual to exploit the life and dignity of another human being? What fundamental moral capacity has the family and community failed to cultivate?

Across the world, religions have traditionally played a defining role in cultivating the values of a community. Yet today, many voices raised in the name of religion constitute the most formidable obstacle to eradicating violent and exploitative behaviors perpetrated against women and girls. Using religious appeals as a vehicle for their own power, proponents of extremist religious interpretations have sought to "tame" women and girls by limiting their mobility outside of the home, limiting their access to education, subjecting their bodies to harmful traditional practices, controlling attire and even killing to punish acts which were claimed to abase the family honor. It is religion itself that stands in desperate need of renewal. A core element of such renewal is the need for religious leaders to state unequivocally and become the standard bearers of the principle of equality of men and women a moral and practical principle urgently needed to realize progress in the social, political and economic spheres of society. Today, religious practices and doctrines in flagrant violation of international human rights standards must be subject to deeper examination and scrutiny, bearing in mind that all religions contain the voices of women, which have often been absent from the evolving definition of what religion is and what it requires.

The individual, her family and community environment are ultimately under the protection of the state; it is at this level that enlightened and responsible leadership is desperately required. Most governments, however, continue to abdicate their international obligations to punish and prevent the violence and exploitation of women and girls; many lack the political will; some fail to allocate adequate resources to implement the laws; in many countries specialized services addressing violence against women and girls do not exist; and work on prevention has in almost all contexts been limited to local short-term measures2. In fact, few states can claim even the smallest reduction in overall prevalence3. Many states continue to hide behind cultural and religious reservations to international treaties condemning this violence further perpetuating a climate of legal and moral impunity rendering the violence and its victims largely invisible.

The era of developing legal frameworks must now be followed by an emphasis on implementation and prevention. The foundation of such measures is a strategy rooted in the education and training of children in a way that enables them to grow intellectually as well as morally, cultivating in them a sense of dignity as well as a responsibility for the well-being of their family, community and the world. From a budgetary perspective, prevention involves the deliberate adoption of gender-specific measures to ensure that an adequate proportion of resources is allocated towards the provision of accessible social services and law enforcement. Such efforts must be reinforced by clear definitions of violence, as well as comprehensive data collection methods in order to evaluate national efforts in this area, and to raise awareness among men and women of the gravity and prevalence of violence occurring in their community.

The international community, despite its important leadership on this issue through the 1993 Declaration, its acknowledgement of violence against women and girls as "an obstacle to the achievement of equality, development and peace" and the work of the Special Rapporteur, has been divided and sluggish to put its words into practice. In 2003, the failure to act was highlighted at the meetings of the 47th session of the UN Commission on the Status of Women which, for the first time in the history of the Commission, proved unable to arrive at a set of agreed conclusions regarding violence against women. In this case, cultural and religiously-based arguments were used in an attempt to circumvent countries' obligations as outlined in the 1993 Declaration. It is imperative, therefore, at future meetings of the Commission that decisive language with regards to the elimination of violence against women and girls be adopted as agreed conclusions, setting out not only the legal but moral tone befitting of this global epidemic.

In order to deliver on its many commitments, the international community needs to dramatically increase the power, authority and resources dedicated to women's human rights, gender equality and women's empowerment. The Baha'i International Community is part of discussions that suggest creating an autonomous United Nations agency with a comprehensive mandate dedicated to the full range of women's rights and concerns. These derive from the Beijing Platform for Action, the Cairo Programme of Work, and the Convention on the Elimination of All Forms of Discrimination Against Women and ensure that the human rights perspective is fully integrated into all aspects of UN work. To guarantee a voice for women at the highest levels of decision-making at the UN, such an agency should be led by a director with the status of Under Secretary-General. To effectively carry out its mandate, the institution requires a sufficient national presence as well as independent women's rights experts as part of its governing body.

Efforts to eradicate the epidemic of violence against women and girls must proceed from and be reinforced by every level of society, from the individual to the international community. However, they must not be limited to legal and institutional reforms, for these address only the manifest crime and are incapable of generating the deep-rooted changes needed to create a culture where justice and equality prevail over the impetuousness of authoritarian power and physical force. Indeed the inner and outer dimensions of human life are reciprocal, one cannot be reformed without the other. It is this inner, ethical and moral dimension which now stands in need of transformation and, ultimately, provides the surest foundation for values and behavior which raise up women and girls and, in turn, promote the advancement of all of humankind.

Notes

1. United Nations General Assembly resolution 48/104 of 20 December 1993. Declaration on the Elimination of Violence Against Women, Article 2. UN Document A/RES/48/104.

2. United Nations Division for the Advancement of Women (2005). Report of the Expert Group Meeting: Good practices in combating and eliminating violence against women. 17-20 May 2005, Vienna Austria. http://www.un.org/womenwatch/daw/egm/vaw-gp-2005/docs/FINALREPORT.goodpractices.pdf

3.Ibid.

DE ROL VAN CULTUUR EN CAPACITEIT BIJ DE UITBANNING VAN GEWELD TEGEN VROUWEN EN MEISJES

DE ROL VAN CULTUUR EN CAPACITEIT BIJ DE UITBANNING VAN GEWELD TEGEN VROUWEN EN MEISJES

New York—2 July 2006

De status van vrouwen en meisjes is door vele maatregelen in de afgelopen 50 jaar beduidend verbeterd. Zij hebben een hogere graad van alfabetisering en onderwijs bereikt, hun inkomen per hoofd verhoogd, en zijn opgeklommen naar prominente functies in de professionele en politieke sfeer. Daarnaast zijn uitgebreide lokale, nationale en mondiale vrouwennetwerken erin geslaagd de belangen van vrouwen op de mondiale agenda te plaatsen en de schepping te bevorderen van juridische en institutionele werkwijzen om deze belangen te behartigen. Ondanks de positieve ontwikkelingen richt een meedogenloze epidemie van geweld tegen vrouwen en meisjes – in stand gehouden door sociale normen, religieus fanatisme en uitbuitende economische en politieke omstandigheden – overal op de wereld nog steeds vernielingen aan. Terwijl de internationale gemeenschap worstelt met de toepassing van wetten voor de bescherming van vrouwen en meisjes, is het duidelijk dat er nog steeds een gapende kloof bestaat tussen het juridische apparaat en de cultuur – zichtbaar in onze waarden, gedragingen en instituten – die nodig is om de epidemie te stoppen.

Het onrustbarende geweld tegen vrouwen en meisjes speelt zich af tegen de achtergrond van twee gelijktijdige processen die de huidige mondiale situatie kenmerken. Het eerste is een proces van desintegratie waardoor in elk continent en op elk terrein van het menselijk leven de onmacht van verouderde instellingen, achterhaalde doctrines en ongeloofwaardig geworden tradities zichtbaar wordt, en dit leidt tot chaos en verval in de maatschappelijke orde. Het vermogen van religies om morele invloed uit te oefenen is afgenomen en heeft een moreel vacuüm achtergelaten, gevuld met extremistische meningen en materiële opvattingen van de werkelijkheid die de waardigheid van het menselijk leven ontkennen. Een uitbuitend economisch stelsel dat de uitersten van armoede en rijkdom aanwakkert, heeft miljoenen vrouwen in een positie van economische slavernij gedrongen en hun het recht op bezit, erfenis, lichamelijke veiligheid en gelijke deelname in het productieproces ontzegd. Door etnische conflicten en falende staten is het aantal vrouwelijke migranten en vluchtelingen toegenomen en zijn zij in een positie van nog grotere lichamelijk en economische onveiligheid gedrongen. Binnenshuis en in de gemeenschap wordt deze achteruitgang versneld door het veelvuldig voorkomende huiselijk geweld, de toename van een vernederende behandeling van vrouwen en kinderen en de verspreiding van seksueel misbruik.

Naast een patroon van achteruitgang, kan een tweede opbouwend en verenigend proces worden onderscheiden. Geworteld in de ethiek van de Universele Verklaring van de Rechten van de Mens en gevoed door een groeiende solidariteit van de inspanningen van vrouwen in de hele wereld, is men er de afgelopen 15 jaar in geslaagd de kwestie van geweld tegen vrouwen en meisjes op de mondiale agenda te plaatsen. Het uitgebreide juridische en normatieve kader dat gedurende deze periode ontwikkeld is heeft de cultuur van straffeloosheid waarmee zulke mishandeling werd getolereerd en zelfs vergoelijkt bij een verbijsterde internationale gemeenschap onder de aandacht gebracht. De historische VN Verklaring over de Uitbanning van Geweld tegen Vrouwen uit 1993 definieerde geweld als volgt:

Elke handeling van op sekse gebaseerd geweld die resulteert, of waarschijnlijk zal resulteren, in lichamelijke, seksuele of psychologische schade of lijden voor vrouwen, inclusief het dreigen met zulke handelingen, dwang of willekeurige vrijheidsberoving, zowel voorkomend in het openbare- als in het privéleven. [1]

 

Deze definitie vocht de foutieve opvatting aan dat geweld tegen vrouwen en meisjes een privékwestie was. Het huis, de familie of iemands cultuur waren niet langer de uiteindelijke maatstaf voor de juiste handeling waar het geweld tegen vrouwen en meisjes betrof. De daaropvolgende benoeming van een Speciale Rapporteur voor geweld tegen vrouwen en meisjes bood nog een ander instrument om de vele dimensies van deze crisis te onderzoeken en onder de aandacht van de internationale gemeenschap te brengen.

Ondanks grote vooruitgang in de afgelopen vijftien jaar, heeft het falen van naties om het geweld te verminderen de tekortkomingen van een ‘reactieve’ benadering blootgelegd en heeft geleidelijk aan geleid tot het aannemen van het bredere doel om in de eerste plaats geweld te voorkomen. In dit andere kader gezien, bestaat de uitdaging voor de internationale gemeenschap nu uit de vraag hoe wij de sociale, materiële en structurele omstandigheden kunnen creëren waarin vrouwen en meisjes hun mogelijkheden volledig kunnen ontwikkelen. Het scheppen van zulke omstandigheden zal niet alleen inhouden dat er welbewust gepoogd wordt de wettelijke, politieke en economische structuren van de samenleving te veranderen, maar het zal, wat even belangrijk is, de transformatie van mensen vereisen – mannen en vrouwen, jongens en meisjes – die, op verschillende manieren, via hun waarden de uitbuitende gedragspatronen in stand houden. Vanuit het bahá´í-oogpunt bestaat de essentie van elk programma voor maatschappelijke verandering uit de opvatting dat de mens  een geestelijke of morele dimensie heeft. Deze geeft vorm aan iemands begrip van het doel van zijn leven, zijn of haar verantwoordelijkheden jegens de familie, de gemeenschap en de wereld. Naast kritieke veranderingen in het wettelijke, politieke en economische bouwwerk die langzaam vorm aannemen, is de ontwikkeling van de morele en geestelijke vermogens van het individu een essentieel element in de tot nog toe moeilijke zoektocht naar de manier waarop mishandeling van vrouwen en meisjes in de hele wereld voorkomen kan worden.

Het propageren van bepaalde zedelijke beginselen of waarden kan misschien een controversiële gedachte zijn, maar al te vaak waren in het verleden zulke pogingen verbonden met repressieve religieuze praktijken, onderdrukkende politieke ideologieën en bekrompen visies op het algemeen welzijn. Echter, wanneer morele vermogens onder woorden worden gebracht op een wijze die consistent is met de idealen van de Universele Verklaring van de Rechten van de Mens en gericht zijn op bevordering van de spirituele, sociale en intellectuele ontwikkeling van alle mensen, vormen zij een hoofdonderdeel van de soort transformatie die voor de vorming van een geweldloze samenleving noodzakelijk is. Bovendien moeten zulke capaciteiten verankert zijn in het centrale sociale en geestelijke principe van onze tijd – namelijk de onderlinge afhankelijkheid en onderlinge verbondenheid van de mensheid als een geheel. Het doel van morele ontwikkeling is dus verschoven van een individualistische opvatting van “verlossing” naar de omarming van de gezamenlijke vooruitgang van het gehele mensenras. Net zoals ons begrip van de sociale en fysieke systemen van de wereld zich heeft ontwikkeld om dit denkbeeld te kunnen aanvaarden, zo moeten we ook de morele capaciteiten ontwikkelen die nodig zijn om ethisch te kunnen functioneren in de tijd waarin we leven.

Hoe kan men dit omzetten in educatieve doelstellingen? Een aantal bahá´í-scholen en instellingen voor hoger onderwijs hebben geconstateerd dat bepaalde morele vermogens kinderen en jeugd helpen om vaardigheden voor moreel denken te ontwikkelen en de verantwoordelijkheid om aan de verbetering van hun gemeenschap bij te dragen op zich te nemen. De overtuiging dat elk mens een geestelijk wezen is met onbeperkte mogelijkheden tot edelmoedig handelen vormt de basis voor zulke curricula, maar om zich te kunnen manifesteren moet dat potentiële vermogen zorgvuldig gecultiveerd worden door middel van een curriculum dat op deze fundamentele dimensie van de mens is afgestemd. Tot de morele capaciteiten die door bahá´í-educatieve instellingen zijn vastgesteld behoren vermogens als: doeltreffend kunnen deelnemen aan conflictvrije gezamenlijke besluitvorming (dit omvat ook de transformatie van uitbuitende gedragspatronen die gebaseerd zijn op het gebruik van geweld en onterecht gestoeld zijn op de opvatting van conflict als een steunpilaar van menselijke interactie); handelen met een rechtschapenheid die op ethische en morele principes gebaseerd is; iemands gevoel van waardigheid en eigenwaarde kunnen bevorderen; op een creatieve en gedisciplineerde manier initiatief kunnen nemen; zich kunnen inzetten voor bekrachtigende, educatieve activiteiten; een beeld kunnen scheppen van een gewenste toekomst die op gedeelde waarden en principes gebaseerd is, en anderen er toe inspireren voor de verwezenlijking van die toekomst te werken; relaties die op dominantie gebaseerd zijn kunnen begrijpen en er aan bijdragen dat ze veranderen in op wederkerigheid en dienstbaarheid gebaseerde relaties. Op deze manier tracht het curriculum de persoon als geheel te ontwikkelen – door integratie van het geestelijke en het materiële, de theorie en de praktijk en het gevoel van individuele vooruitgang met dienstbaarheid aan de gemeenschap.

Terwijl dergelijke waarden op school kunnen worden bijgebracht, vormt het gezin de omgeving waarin kinderen opgroeien en denkbeelden vormen over zichzelf, de wereld en het doel van het leven. Als het gezin in een bepaalde mate faalt aan de fundamentele behoeften van de kinderen te voldoen, zal de samenleving in diezelfde mate belast worden met de gevolgen van verwaarlozing en mishandeling en zal zwaar lijden onder de apathie en het geweld die hier het gevolg van zijn. Het kind leert in het gezin hoe het zit met macht en het gebruik ervan in intermenselijke relaties, hier leert het voor het eerst om autoritair gezag en geweld als uitingsvorm en conflictoplossing te aanvaarden of te verwerpen. In deze omgeving betekent het wijdverspreide geweld van mannen tegen vrouwen en meisjes een aanslag op de fundamentele eenheid van de gemeenschap en de natie.

Gelijkwaardigheid in het gezin vereist veel eerder een groeiende bekwaamheid om te integreren en te verenigen dan om te scheiden en te individualiseren. In een snel veranderende wereld staat het gezin ondraaglijk zwaar onder druk door verschuivingen en onrust op het gebied van milieu, economie en politiek en is het vermogen om de gezinsband te behouden en de kinderen voor te bereiden op het burgerschap in een complexe en kleiner wordende wereld van het allergrootste belang. Het is dus noodzakelijk mannen te helpen begrijpen dat de verantwoordelijkheid voor hun gezin meer omvat dan de zorg voor het economisch welzijn en ook inhoudt dat zij een voorbeeld vormen van gezonde man-vrouw relaties, van zelfdiscipline en dat ze even veel respect hebben voor de mannelijke als de vrouwelijke leden van de familie. Dit is de aanvulling op de rol van de moeder, die de eerste opvoeder van haar kinderen is, en haar geluk, gevoel van veiligheid en eigenwaarde is essentieel voor haar vermogen om een succesvolle ouder te zijn.

Hetgeen kinderen in het gezin leren wordt of bevestigd of tegengesproken door de sociale interacties en waarden die hun gemeenschapsleven vorm geven. De volwassenen in de gemeenschap – opvoeders, gezondheidswerkers, ondernemers, politici, religieuze leiders, politiemensen, mediadeskundigen en dergelijke – dragen gezamenlijk de verantwoordelijkheid de kinderen te beschermen. Het beschermende vangnet van het gemeenschapsleven blijkt echter in vele gevallen onherstelbaar kapot te zijn: miljoenen vrouwen en meisjes worden elk jaar verhandeld en gedwongen tot prostitutie en op slavernij lijkende toestanden; gastarbeiders krijgen met een dubbele achterstelling als vrouw en als gastarbeider te maken, en worden in het zwarte circuit mentaal, lichamelijk en economisch misbruikt door hun werkgevers; het geweld tegen de steeds groter wordende groep oudere vrouwen die zichzelf niet kunnen beschermen, is zeer toegenomen; kinderpornografie verspreidt zich als een virus en stimuleert de begeerte van een consistente, ongereguleerde mondiale markt, in veel landen vormt nu zelfs het naar school gaan voor meisjes een groot risico op lichamelijk en seksueel misbruik.

Religies hebben van oudsher in de hele wereld een bepalende rol gespeeld in het cultiveren van de waarden van een gemeenschap. Maar toch vormen vandaag de dag de vele stemmen die in naam van religie spreken de grootste hindernis voor het uitbannen van geweld en uitbuiting van meisjes en vrouwen. Voorstanders van extremistische religieuze opvattingen gebruiken religieuze gevoelens als instrument voor hun eigen macht en hebben getracht vrouwen en meisjes te “temmen” door hun beweeglijkheid buitenshuis aan banden te leggen, hun toegang tot onderwijs te beperken, hun lichaam te onderwerpen aan schadelijke traditionele gebruiken, voor te schrijven hoe ze zich behoren te kleden en zelfs daden waarvan beweerd wordt dat ze de familie eer aantasten met de dood te bestraffen. De religie zelf dient hoognodig vernieuwd te worden. Een kernpunt van zo´n vernieuwing is de behoefte aan religieuze leiders die onomwonden de gelijkwaardigheid van man en vrouw verkondigen en de vaandeldragers van dit principe worden – een moreel en praktisch principe dat we dringend nodig hebben om op sociaal, politiek en economisch terrein vooruit te kunnen komen. In deze tijd moeten religieuze gebruiken en leerstellingen die internationale mensenrechtennormen op flagrante wijze schenden aan een diepgaand en kritisch onderzoek worden onderworpen met de gedachte in het achterhoofd dat in alle religies ook de stemmen van vrouwen te vinden zijn, die echter vaak afwezig zijn geweest bij de ontwikkeling van de definitie van wat religie is en wat de vereisten ervan zijn.

Het individu en de omstandigheden van haar gezin en leefgemeenschap staan uiteindelijk onder de bescherming van de staat en op dit niveau is er een wanhopige behoefte aan verlicht en verantwoordelijke leiderschap. Veel regeringen blijven echter hun internationale verplichting het geweld tegen en de uitbuiting van vrouwen en meisjes te voorkomen en te bestraffen van zich afschuiven. Bij velen van hen ontbreekt de politieke wil; sommigen stellen onvoldoende middelen beschikbaar voor de toepassing van de wetten; in veel landen bestaan geen speciale instellingen voor hulpverlening in gevallen van geweld tegen vrouwen en meisjes en werken aan preventie blijft in vrijwel alle contexten beperkt tot lokale kortetermijnmaatregelen [2]. In feite kunnen maar weinig staten aanspraak maken op enige vermindering van het overal voorkomende geweld [3]. Veel staten blijven zich verschuilen achter culturele en religieuze bezwaren tegen internationale verdragen die dit geweld veroordelen – waarmee ze een klimaat van juridische en morele straffeloosheid in stand houden waarbinnen het geweld en de slachtoffers ervan grotendeels onzichtbaar blijven.

De periode van het ontwikkelen van juridische kaders moet nu gevolgd worden door nadrukkelijk aandacht voor de toepassing en preventie. De basis van de benodigde maatregelen moet een strategie zijn die gestoeld is op onderwijs en training van kinderen op een manier die hen zowel intellectueel als moreel laat groeien, in hen zowel een gevoel voor waardigheid als van verantwoordelijkheid voor het welzijn van hun familie, gemeenschap en wereld aankweekt. Budgettair gezien, moet bij preventie een bewuste keus gemaakt worden voor gender-specifieke maatregelen om te garanderen dat er voldoende middelen beschikbaar worden gesteld voor toegankelijke sociale hulpverlening en juridische ondersteuning. Zulke inspanningen moeten kracht bijgezet worden door duidelijke definities van geweld, evenals door uitgebreide methodes om gegevens te verzamelen om nationale inspanningen op dit terrein te kunnen evalueren, en mannen en vrouwen bewust te maken van de hoeveelheid geweld die in hun gemeenschap voorkomt en hoe ernstig het is.

Ondanks haar belangrijke leidende positie in deze kwestie door de Verklaring van 1993, de erkenning van geweld tegen vrouwen en meisjes als een “hinderpaal voor  gelijkwaardigheid, ontwikkeling en vrede” en het werk van de Speciale Rapporteur, is de internationale gemeenschap verdeeld en traag wat betreft het in praktijk brengen van deze woorden. In 2003 werd het gebrek aan handelingskracht duidelijk zichtbaar tijdens de vergaderingen van de 47ste zitting van de VN Commissie voor de Positie van Vrouwen die, voor het eerst in de geschiedenis van de Commissie, niet in staat bleek om tot eensluidende conclusies aangaande geweld tegen vrouwen te komen. In dit geval werden culturele en religieuze argumenten gebruikt bij een poging zich aan de in de 1993 Verklaring omschreven verplichtingen van landen te onttrekken. Het is daarom noodzakelijk dat op toekomstige vergaderingen van de Commissie een besluit valt over de aanvaarding van onbetwistbare termen met betrekking tot de uitbanning van geweld tegen vrouwen of meisjes, waarbij niet alleen de juridische maar ook de morele toon wordt aangegeven die passend is voor deze wereldwijde epidemie.

Om aan haar vele toezeggingen te kunnen voldoen dient de internationale gemeenschap de kracht, het gezag en de middelen voor de mensenrechten van vrouwen, gelijkwaardigheid van man en vrouw en de bekrachtiging van vrouwen spectaculair uit te breiden. De Bahá´í International Community neemt deel aan besprekingen over het voorstel om een autonome afdeling van de Verenigde Naties op te zetten met een uitgebreid mandaat voor het gehele terrein van vrouwenrechten en -belangen. Deze komen voort uit het Beijing Platform for Action, het Cairo Programme of Work, en de Conventie over de Uitbanning van alle vormen van discriminatie jegens vrouwen, en zorgen ervoor dat de mensenrechtenvisie volledig in alle aspecten van het VN werk geïntegreerd is. Om te garanderen dat op de hoogste niveaus van besluitvorming in de VN een stem voor vrouwen klinkt, moet een dergelijke afdeling geleid worden door een directeur die de status van Under Secretary-General heeft. Om zijn mandaat doelmatig te kunnen uitvoeren heeft de instelling voldoende nationale vertegenwoordiging nodig evenals onafhankelijke vrouwenrechtenexperts in zijn bestuur.

Inspanningen om de epidemie van geweld tegen vrouwen en meisjes uit te roeien moeten uit elk segment van de samenleving komen en aangemoedigd worden – van het individu tot aan de internationale gemeenschap. Ze moeten echter niet tot juridische en institutionele hervormingen beperkt blijven, want deze richten zich alleen op de zichtbare misdaad en zijn niet in staat om de diepingrijpende veranderingen te weeg te brengen die nodig zijn om een cultuur te scheppen waar rechtvaardigheid en gelijkwaardigheid het winnen van de onbezonnenheid van autoritaire macht en lichamelijke kracht. De innerlijke en uiterlijke dimensies van het menselijk leven zijn wederkerig – de een kan niet hervormd worden zonder de ander. Deze innerlijke, ethische en morele dimensie heeft nu behoefte aan transformatie en biedt uiteindelijk de zekerste basis voor waarden en gedragingen die vrouwen en meisjes verheffen en vervolgens weer de vooruitgang van de hele mensheid bevorderen.

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